El reto de los pagos digitales en República Dominicana ya no se concentra en el acceso, sino en lograr que más comercios los acepten y convertir esa adopción en ventas, formalización y acceso a financiamiento
República Dominicana presenta una paradoja en su proceso de digitalización financiera. De acuerdo con datos de la Superintendencia de Bancos (SB), cerca del 60% de la población adulta ya cuenta con acceso a instrumentos de pago digitales como tarjetas, billeteras electrónicas o plataformas como Apple Pay, pero ese nivel de inclusión financiera no se ha traducido al mismo ritmo en la aceptación por parte de los comercios.
En ese sentido, en el marco del Dominicana Fintech Forum, organizado por la Asociación Dominicana de Empresas Fintech (Adofintech), representantes de Mastercard, CardNET, Popular-AZUL y la SB coincidieron en que la siguiente etapa de la digitalización pasa por ampliar los casos de uso cotidianos y reducir las barreras que todavía mantienen una parte importante de la actividad comercial vinculada al efectivo.
Avances del sistema
Tomás Alonso, country manager de Mastercard, sostuvo que República Dominicana ya superó parte de la disyuntiva inicial de si primero debía existir la infraestructura o la demanda. “Actualmente una persona ya tiene acceso a medios digitales”, dijo, al referirse a tarjetas y soluciones de pago, pero señaló que “en algunos momentos del día a día no podemos usarlos, tenemos que recurrir al efectivo”.
El problema, por tanto, se desplaza hacia la aceptación. Alonso indicó que “al menos un 94%” de los comercios todavía mantiene una fuerte dependencia del efectivo y señaló como espacios prioritarios el transporte, los pequeños comercios y las micro y medianas empresas. El objetivo, explicó, no es solamente instalar infraestructura, sino ampliar los casos de uso para que el consumidor tenga menos ocasiones en las que deba volver al efectivo.
Esa resistencia también tiene una dimensión económica. El ejecutivo planteó que para una pequeña empresa el costo de aceptar pagos digitales no debe analizarse únicamente por las ventas adicionales que pueda generar, sino también por el costo de manejar efectivo. Ejemplificó señalando que si una persona necesita efectivo para determinados servicios, termina manteniéndolo disponible y utilizándolo también en otros establecimientos.
A esto se suma el costo de oportunidad de las ventas que pueden perderse cuando un comercio no acepta el medio de pago que el consumidor quiere utilizar.
Las cifras hablan por sí solas. De acuerdo con una encuesta citada por Alonso, más del 80% de las pymes que ya aceptan pagos digitales afirma que no podría prescindir de ellos. Al mismo tiempo, dijo que los negocios que aún no los reciben comienzan a identificar clientes que dejan de comprar porque no pueden pagar de la manera que prefieren.
Eugene Rault, vicepresidente ejecutivo de Servicios Digitales Popular-AZUL, coincidió en que la conversación debe pasar de la existencia de la tecnología a su valor económico para el comercio. “No hay una sola” solución, sostuvo al referirse a la innovación en pagos, y planteó que las empresas deben entender la aceptación digital como una herramienta para continuar creciendo.
En ese punto, el ejecutivo añadió otra consecuencia: la información que generan las transacciones. Según explicó, aceptar pagos digitales puede incrementar las ventas entre 10% y 35%, dependiendo del tamaño y segmento de la empresa, pero además produce información que puede utilizarse para evaluar el desempeño del negocio y facilitar su acceso al financiamiento.
La huella transaccional permite, en su planteamiento, construir una visión más precisa del comportamiento de un comercio durante períodos prolongados. Esa información puede apoyar modelos de financiamiento alternativo y facilitar que empresas que antes tenían dificultades para acceder al crédito formal puedan demostrar capacidad de generación y pago.
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Resistencia
Martin Cava, CEO de CardNET, planteó que la evolución de los pagos digitales en República Dominicana también debe leerse a partir de las resistencias culturales y operativas que han acompañado cada salto tecnológico. “Yo creo que todo gran cambio trae resistencia”, afirmó, recordando que innovaciones que hoy parecen habituales requirieron tiempo para ser asimiladas por el mercado.
Cava recordó que la desconfianza no solo vino de los comercios, sino también del consumidor. Mencionó como ejemplo la introducción de los pagos sin contacto (contactless): “Al principio, la gente temía que al acercar la tarjeta le pudieran robar información de manera remota”. Sin embargo, esa percepción cambió a medida que los usuarios comprobaron la seguridad del sistema.
Para el ejecutivo, esa experiencia previa ayuda a entender la coyuntura actual: existe un gran potencial en la aceptación comercial, pero aún persiste una brecha entre las herramientas disponibles y su adopción real en los negocios.
En ese sentido, recordó que la pandemia masificó ciertos servicios por necesidad operativa y destacó que las soluciones de procesamiento siguen siendo su principal motor, aunque persisten amplias oportunidades para masificar otras tecnologías. Su planteamiento conectó con el resto del panel: la infraestructura ya está lista, pero el avance real dependerá de resolver las necesidades concretas del día a día del comerciante.
Los panelistas también coincidieron en que esa transición no puede recaer exclusivamente en las empresas privadas. Alonso insistió en la necesidad de un trabajo conjunto entre actores del ecosistema, incluyendo reguladores, para construir una “escalera” que permita a las micro y pequeñas empresas avanzar gradualmente desde el efectivo hacia herramientas digitales.
Para Rault, la discusión trasciende el medio de pago. “La aceptación digital no es el fin”, planteó al cierre del panel, sino un habilitador de inclusión financiera, crecimiento y bienestar financiero. Esa definición resume el punto de coincidencia entre las distintas voces: el desafío pendiente no consiste únicamente en disponer de tecnología, sino en lograr que su uso se convierta en parte habitual de la actividad económica.
