La amenaza es evidente, el modelo de Netflix nunca ha priorizado la experiencia teatral.

A inicios de diciembre de 2025, Hollywood se sacudió con la histórica noticia de Netflix, Inc. (NFLX) alcanzando un acuerdo definitivo para adquirir la división de estudios y streaming de Warner Bros. Discovery, Inc. (WBD) incluyendo Warner Bros. Pictures, DC Studios, HBO y HBO Max, en una transacción valorada en aproximadamente 82,700 millones de dólares.

Aunque los accionistas y el CEO de WBD celebraron la operación, la industria y los amantes del cine tradicional la recibieron con alarma. Exhibidores estadounidenses (como la asociación Cinema United) y figuras influyentes como el director James Cameron han calificado la transacción como una "amenaza sin precedentes" que podría transformar radicalmente el negocio.

En respuesta, Paramount Skydance puso en marcha una oferta hostil en efectivo por la totalidad de WBD, incluyendo CNN, TNT y Discovery Channel, valorada en unos 108,400 millones. Al momento de escribir este artículo, aun no se define esta batalla que representa visiones radicalmente opuestas sobre el futuro de una industria aún recuperándose de la pandemia de 2020.

Lo que está en juego trasciende un simple cambio gerencial, representa una amenaza directa a la experiencia cinematográfica tradicional, ese hábito de consumo que ha llevado a generaciones a las salas oscuras desde que los hermanos Auguste y Louis Lumière proyectaron diez cortos en París el 28 de diciembre de 1895.

Netflix no adquiere un estudio cualquiera. Warner Bros., uno de los pilares fundamentales de Hollywood, siempre ha sido la "casa de los filmmakers", un terreno fértil para los grandes directores. Nombres como Orson Welles, Stanley Kubrick, Clint Eastwood, Don Siegel, Billy Wilder, Tim Burton y Christopher Nolan encontraron allí un "sí" incondicional a sus visiones más intrépidas, muchas de ellas se convertirían (Citizen Kane, 2001: A Space Odyssey, Unforgiven, Dirty Harry, Edward Scissorhands, Dunkirk) en referentes de lo mejor de la historia.

La amenaza es evidente, el modelo de Netflix nunca ha priorizado la experiencia teatral. Sus producciones de prestigio como Killers of the Flower Moon, Roma, All Quiet on the Western Front, The Power of the Dog, Marriage Story, Don’t Look Up o The Irishman recibieron ventanas teatrales mínimas, solo para calificar a premios de la Academia, en el caso de potenciales blockbusters originales, como Beverly Hills Cop: Axel F, Happy Gilmore 2 o Red Notice, nunca tuvieron oportunidad de brillar en taquilla.

Esto no es casual, Netflix busca mantener a los espectadores en casa o en dispositivos móviles. La empresa que comenzó con alquileres de discos de DVDs por correo, evolucionó hacia la introducción y luego el dominio del streaming por suscripción, un modelo que choca frontalmente con el espíritu de Warner Bros., un estudio legendario que ha apostado históricamente por la gran pantalla.

Desde que David Zaslav, CEO de WBD, puso la compañía en venta, su prioridad ha sido clara: maximizar un retorno "seguro" para los accionistas. La oferta de Netflix, con financiamiento sólido, minimiza riesgos de ejecución, aunque sea numéricamente inferior a la de Paramount Skydance. Esta última, aunque más alta en efectivo, incluye activos lineales (CNN, TNT, TBS, TruTV, Discovery Channel, HGTV, Food Network, TLC y Animal Planet), que WBD podría vender por separado tras la separación planeada de sus divisiones (prevista para el tercer trimestre de 2026), teóricamente generando valor adicional a la larga.

Sin embargo, el punto crítico para la industria y nosotros los cinéfilos es el futuro teatral, Netflix ha indicado que, bajo su control, las nuevas películas de Warner Bros. tendrían una ventana cinematográfica de solo 17 días antes de llegar al streaming. Poco más de dos semanas en salas para una nueva película de Batman por ejemplo, si esto no marca el inicio del fin de la experiencia teatral y de las grandes cadenas de cine, no sé qué lo haría.

Si este acuerdo termina confirmándose, no solo consolidará el poder del streaming y lo validará como la forma primordial de consumir películas, sino que, peor aún, pondrá en riesgo el necesario equilibrio de una industria que necesita tanto la innovación digital como la magia irremplazable de la gran pantalla y el sentido de comunidad. El séptimo arte merece ser apreciado en algo más que una ventana efímera o una pantalla de seis pulgadas.

El autor es MBA, MS Mktg, estratega en Comunicación, country Manager de Forbes Republica Dominicana
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