La transición energética no se mide únicamente en megavatios renovables instalados, sino en la capacidad del sistema para gestionarlos de forma confiable, eficiente y sostenible en el tiempo.
Durante los últimos años, República Dominicana ha avanzado de manera consistente en la expansión de su sistema eléctrico y en la incorporación de nuevas fuentes de generación, particularmente renovables. Este progreso ha sido clave para diversificar la matriz, mejorar la sostenibilidad y acompañar el crecimiento de la demanda. Sin embargo, conforme el sistema evoluciona, emerge un desafío menos visible pero cada vez más relevante: el costo oculto asociado a operar un sistema diseñado para una realidad que ya está cambiando.
Este costo no suele reflejarse de manera explícita en los balances de generación ni en los anuncios de nueva capacidad instalada. Aparece, más bien, en la forma en que el sistema opera día a día: en oportunidades de optimización aún no capturadas, en decisiones de inversión que podrían alinearse mejor con un entorno más dinámico y en el desafío creciente de adaptar la operación a condiciones que ya no son estáticas.
Cuando la expansión ya no es suficiente
A nivel internacional, organismos como la Agencia Internacional de Energía coinciden en que los sistemas eléctricos están entrando en una nueva etapa. Tras décadas enfocadas en expandir capacidad, el énfasis se desplaza ahora hacia la calidad de la operación y la capacidad de respuesta del sistema.
En este contexto, contar con suficiente energía ya no garantiza, por sí solo, confiabilidad ni eficiencia. La creciente participación de fuentes variables, los cambios en los perfiles de consumo y una mayor exposición a eventos climáticos extremos exigen sistemas capaces de ajustarse rápidamente, operar de forma flexible y optimizar recursos en tiempo real.
Cuando esta adaptación no ocurre, el sistema comienza a acumular costos que no siempre son evidentes en el corto plazo.
El costo oculto de no adaptarse
Estos costos pueden adoptar distintas formas:
- Energía renovable que no puede aprovecharse plenamente
- Mayores gastos operativos para mantener el equilibrio del sistema
- Infraestructura sobredimensionada para cubrir eventos puntuales
- Mayor exposición a interrupciones o a variaciones abruptas de precios
En sistemas insulares o con interconexiones limitadas, como el dominicano, estos efectos tienden a amplificarse. Cada decisión de planeación tiene un impacto directo sobre la confiabilidad del suministro y la competitividad de la economía.
Más que fallas puntuales, se trata de señales de que el sistema necesita evolucionar en su forma de operar y planificar.
Una transición que entra en su fase más exigente
La transición energética suele asociarse principalmente con la incorporación de nuevas tecnologías limpias. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que la fase más compleja llega después, cuando esas tecnologías empiezan a transformar la lógica tradicional de operación.
La generación solar y eólica introduce patrones distintos de disponibilidad, mientras que la demanda se vuelve más sensible y menos predecible. En este escenario, los sistemas que no integran suficiente capacidad de adaptación enfrentan tensiones crecientes, incluso cuando la capacidad total parece adecuada.
El reto, por tanto, no es frenar la transición, sino acompañarla con un enfoque más integral de diseño del sistema eléctrico.
Confiabilidad, eficiencia y competitividad
La confiabilidad del suministro eléctrico está estrechamente ligada a la competitividad económica. Sectores como industria, comercio, servicios y turismo dependen cada vez más de una energía estable y de calidad.
Diversos estudios del Banco Mundial han señalado que los costos asociados a interrupciones y a mala calidad del suministro pueden tener un impacto significativo en la productividad de los países. En este sentido, mejorar la capacidad del sistema para anticipar y responder a cambios no es solo una cuestión técnica, sino también económica.
Hacia una operación más inteligente del sistema
Frente a este panorama, los sistemas eléctricos más resilientes están avanzando hacia modelos que priorizan la inteligencia operativa, entendida como la capacidad de:
- Ajustar la generación a condiciones cambiantes
- Operar eficientemente en distintos rangos de carga
- Integrar recursos diversos sin generar fricciones innecesarias
- Responder con rapidez ante eventos inesperados
Este enfoque permite reducir el costo oculto de la transición y aprovechar mejor las inversiones ya realizadas, sin depender exclusivamente de añadir más infraestructura.
Mirar el sistema en su conjunto
Para República Dominicana, el desafío no pasa por adoptar una tecnología específica, sino por evaluar cómo cada nueva decisión contribuye —o limita— la capacidad futura del sistema para adaptarse.
La transición energética no se mide únicamente en megavatios renovables instalados, sino en la capacidad del sistema para gestionarlos de forma confiable, eficiente y sostenible en el tiempo.
Reconocer y atender ese costo oculto es un paso clave para construir un sistema eléctrico preparado no solo para los objetivos de hoy, sino para las exigencias de una economía cada vez más dinámica y electrificada.
El autor es general manager, Service Sales Americas Central Region Wärtsilä
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no tienen que ver con la opinión de Forbes República Dominicana.
