Mientras que las pantallas nos permiten cruzar fronteras con un solo clic o diseñar itinerarios al instante, también han despertado una necesidad silenciosa de desconexión. Ante esta dualidad, las vacaciones contemporáneas se están reinventando.
Viajar. Sin duda, estamos en la época del año para hacerlo. Pero, hoy día, las vacaciones son mucho más que desplazarse físicamente de un lugar a otro: se han convertido en una convivencia y negociación constante con nuestros dispositivos móviles.
Porque los instrumentos digitales ya no se limitan a enseñarnos el mapa de nuestro próximo destino: en gran medida lo moldean, lo fragmentan y, paradójicamente, despiertan en nosotros un deseo latente de escapar de ellos para regresar a lo analógico.
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Y es que esta conexión permanente ha propiciado la aparición de nuevos perfiles de viajeros y de costumbres turísticas antes impensables. Y, así, el turismo actual oscila constantemente entre el bombardeo visual de las redes sociales y la búsqueda deliberada del silencio digital.
Viajes a la vuelta de la esquina
El cansancio que a veces genera organizar grandes viajes internacionales ha abierto paso a las llamadas “micro-aventuras locales”: escapadas rápidas, de menos de 48 horas y sin necesidad de salir de la propia provincia o región, apoyándose sencillamente en la tecnología de geolocalización de nuestros teléfonos para descubrir el entorno más cercano.
En el ámbito urbano, esta tendencia se conecta de forma directa con el “cronourbanismo” o la teoría de la “ciudad del cuarto de hora”, que propone un modelo de diseño donde el empleo, el descanso, el ocio y el abastecimiento estén al alcance de un breve paseo a pie.
Según un estudio sobre nuevas tendencias turísticas publicado en el portal académico Dialnet, esta fórmula de proximidad y calidad busca revalorizar parajes naturales y patrimonios culturales poco transitados.
Un ejemplo de ello es el valle del río Cure y la colina medieval de Vézelay, en la región francesa de Borgoña, donde los viajeros pueden disfrutar de actividades como el piragüismo, el senderismo o rutas en bicicletas eléctricas en un entorno acotado y con un mínimo impacto ambiental.
La crisis del instante fugaz.
La hegemonía de la imagen en las pantallas ha transformado por completo nuestra relación con el arte y los centros de exposición. Diversas investigaciones en los campos de la psicología y la museología confirman que el público ya no consume cultura de la misma manera que hace unas décadas.
Un estudio de la Universidad de Cardiff, publicado por la editorial Taylor & Francis, recoge las conclusiones de los investigadores Barasch, Zauberman y Diehl. Según estos expertos, la omnipresencia de las cámaras de fotos y de las redes sociales ha condicionado nuestra mirada frente a una obra de arte, provocando que los visitantes piensen de manera casi automática en clave fotográfica antes de asimilar lo que tienen delante.
Para dar respuesta a esta obsesión por la estética digital surgieron los llamados “museos de selfies” o galerías diseñadas para Instagram: recintos concebidos expresamente como decorados efímeros para posar ante fondos de colores llamativos y figuras a gran escala.
El punto de partida de este fenómeno se sitúa en Nueva York, en 2016, con la apertura del Museum of Ice Cream. El enorme éxito de esta iniciativa llevó a su creadora, Maryellis Bunn, a acuñar el concepto de “experium” (un híbrido entre experiencia y museo).
Sin embargo, el sector ha tenido que reinventarse de forma notable ante el progresivo agotamiento de los usuarios frente al postureo. Tras el cierre de muchos de estos locales de formato efímero (pop-up), los proyectos supervivientes se han visto obligados a dar un giro hacia propuestas más inmersivas, colaborativas y centradas en la socialización real.
La resistencia analógica.
Como respuesta al bombardeo constante de notificaciones y a la inmediatez del teléfono móvil, se abre paso una corriente opuesta que gana cada vez más adeptos: el “turismo silencioso”. Esta tendencia abarca desde retiros de meditación hasta estancias en alojamientos diseñados específicamente para facilitar el aislamiento tecnológico.
Dentro de esta corriente destaca el éxito de iniciativas como “Unplugged”, en el Reino Unido. Un proyecto de cabañas rurales donde se invita a los huéspedes a guardar bajo llave sus teléfonos inteligentes durante un mínimo de tres días. A cambio, los visitantes reciben un viejo teléfono de funciones básicas.
Además, también se les facilita un equipo de supervivencia y ocio totalmente analógico: mapas físicos en papel para explorar la zona, libros, juegos de mesa y una cámara de fotos instantánea. De este modo, los viajeros pueden capturar sus recuerdos, pero sin la posibilidad de compartirlos de inmediato en las redes sociales.
Viajar para dormir.
La búsqueda de bienestar físico y la necesidad de aliviar el agotamiento derivado del estrés digital han impulsado el auge del turismo del sueño o “Sleep-Tours”. Viajes motivados principalmente con un objetivo: dormir bien.
Es por esto por lo que hoy en día, cada vez más hoteles y centros especializados orientan sus servicios a garantizar un descanso de calidad, utilizando métodos para regular los ritmos circadianos, sistemas de monitorización del sueño y habitaciones especialmente acondicionadas.
Una corriente que está lejos de ser una moda pasajera: de acuerdo con los datos recogidos en un análisis de mercado de Traveler Magazine, las prioridades de los viajeros han dado un vuelco evidente.
Así, el informe de tendencias globales de la prestigiosa cadena Hilton destaca que la necesidad de “descansar y recargar energías” se sitúa como la principal motivación para irse de vacaciones para el 56% de los encuestados, superando otras razones como el contacto con la naturaleza (37%) o el cuidado de la salud mental (36%).
Maletas al ritmo de los grandes conciertos.
El poder de las redes sociales y de las plataformas digitales en la movilidad internacional se refleja de forma clara en otra tendencia al alza: el “Gig Tripping” o turismo de conciertos, que consiste en planificar las vacaciones en función de la gira de un artista preferido o de la cartelera de un festival de música en el extranjero.
Y no se trata de una moda minoritaria. Un informe de la agencia de viajes Apex Travel con el apoyo de la consultora Advance Media señala que el 60% de los viajeros estaría dispuesto a trasladarse a otro país para asistir a un recital o festival.
Entre los motivos principales para dar el paso destacan la oportunidad de combinar el espectáculo musical con unas vacaciones de ocio y la posibilidad de optimizar el coste total de la experiencia. Quizá sea que esta era es, además de la digital, la de la optimización.
La consolidación de la soledad elegida.
Finalmente, el auge del ocio en solitario por decisión propia, conocido en el sector como “Solo Leisure”, marca otra de las grandes transformaciones de la experiencia turística actual.
Actividades como viajar, asistir al cine o sentarse a la mesa de un restaurante de alta cocina sin acompañantes han dejado de percibirse como un síntoma de aislamiento no deseado. Hoy en día, se interpretan más bien como una forma de autocuidado, independencia personal y total flexibilidad para gestionar el tiempo.
Y es que, según un análisis de mercado publicado por Traveler Magazine, el valor global del sector de los viajes en solitario alcanzó los 482.000 millones de dólares en 2024 y rozará los 1.000 millones para el año 2030, lo que representa un ritmo de crecimiento anual sostenido del 14,3%.
Todas estas tendencias reflejan que, en definitiva, el turismo en la era de las pantallas está enormemente condicionado por las tensiones y paradojas que atraviesan la sociedad actual y, en muchos casos, por la fatiga digital.
Porque, ya sea a través de la búsqueda de aislamiento en una cabaña analógica para huir del ruido internauta, la planificación de una ruta internacional al compás de un concierto, o la decisión de cenar en solitario al otro lado del planeta, la tecnología opera como el eje invisible sobre el que se articula nuestra manera de explorar el mundo.
Y, de este modo, viajar hoy en día ya no consiste únicamente en acumular sellos en el pasaporte o descubrir nuevos paisajes: se ha convertido, sobre todo, en un ejercicio consciente de gestión de nuestra presencia, nuestra atención y nuestro descanso en un planeta permanentemente conectado.
Por Nora Cifuentes.
EFE / Reportajes.
