Carl Benedikt Frey, profesor de Oxford, recorrió en el Foro Forbes Economía & Negocios la historia de las revoluciones tecnológicas para explicar por qué la inteligencia artificial debe analizarse no solo por los empleos que puede sustituir, sino por las nuevas actividades, procesos y formas de producción que puede generar.

La inteligencia artificial ocupa hoy el centro de la conversación económica, pero Carl Benedikt Frey decidió mirar hacia atrás antes de hablar del futuro. Durante su conferencia magistral en el primer Foro Forbes Economía & Negocios 2026, el economista e historiador económico de la Universidad de Oxford llevó al público por una sucesión de transformaciones tecnológicas que, mucho antes de la inteligencia artificial, ya habían cambiado la productividad, el trabajo, las empresas y hasta la geografía de la producción.

Su punto de partida fue una advertencia contra la idea de que el mundo está atravesando una transformación completamente inédita. “Ya hemos estado aquí antes”, planteó Frey.

La frase resumió la histórica desde la que construyó su exposición. Las economías han pasado anteriormente por períodos en los que una nueva tecnología modificó las máquinas utilizadas para producir, alteró procesos y cambió la manera en que las personas trabajaban.

Hemos tenido grandes revoluciones tecnológicas antes. Y lo que vemos en esos períodos es que las nuevas máquinas pueden impulsar la productividad y producir cambios importantes en la forma en que producimos”, explicó.

La historia tecnológica, según explicó, no puede separarse de la historia de la productividad. Una nueva herramienta puede hacer más eficiente una actividad, pero también puede obligar a las empresas a reorganizar la manera en que funcionan.

Ese proceso llegó con especial fuerza durante la revolución informática. Los computadores permitieron manejar procesos cada vez más complejos y transformaron la forma en que las compañías administraban información, producción y operaciones. Pero el efecto fue más allá de las oficinas.

A medida que las tecnologías se difundieron, también cambiaron las cadenas globales de producción. Frey se detuvo en el caso de la electrónica y los semiconductores para mostrar cómo determinadas actividades manufactureras fueron trasladándose entre países y regiones. La localización de una fábrica, explicó, no depende de una sola variable.

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Cuando pensamos en dónde se produce algo, tenemos que considerar los costos, la geografía, el transporte, el comercio, el trabajo, las políticas del Gobierno y también la capacidad de un lugar para absorber nuevas tecnologías”, señaló.

Esos factores ayudan a explicar por qué la transformación tecnológica también termina siendo una transformación geográfica. Cuando cambian los costos y las capacidades productivas, cambia también el atractivo relativo de los distintos territorios.

Frey hizo referencia a sectores en los que las economías buscan reducir su dependencia de determinados mercados y abordó la dificultad de reconstruir localmente cadenas completas de producción.

El caso de las baterías sirvió para ilustrar esa complejidad. La tecnología puede abrir nuevas oportunidades industriales, pero disponer de la capacidad para producir los componentes necesarios requiere infraestructura, conocimiento, trabajadores y una cadena de suministro capaz de sostenerla.

Es así como la historia se repite, aunque las tecnologías cambien. En ese punto, Frey llegó a una de las preguntas que más preocupan actualmente a trabajadores y empresas: qué ocurrirá con el empleo.

En lugar de plantearlo como una historia de sustitución, el economista se centró en las tareas que componen cada ocupación. Una tecnología puede automatizar determinadas actividades mientras complementa otras. Por eso, dos profesiones expuestas a la misma innovación pueden experimentar transformaciones muy diferentes.

Frey utilizó el transporte como ejemplo. La tecnología, explicó, permite conectar de manera más eficiente a quienes ofrecen un servicio con quienes lo demandan. Un sistema que empareja pasajeros y conductores modifica la forma en que funciona ese mercado, facilita la coordinación entre oferta y demanda y puede cambiar las condiciones de competencia.

La tecnología permite hacer coincidir la oferta y la demanda de una manera que antes era mucho más difícil, y eso cambia la forma en que se organiza ese mercado”, explicó. Pero el mismo mecanismo no necesariamente funciona igual en profesiones donde una parte importante del trabajo depende del conocimiento especializado, la formación y el juicio.

Hay tareas que son mucho más difíciles de automatizar porque requieren juicio, capacitación y una comprensión más compleja del problema”, sostuvo.

La diferencia resulta fundamental para entender el impacto de la inteligencia artificial. No todos los trabajos están compuestos por las mismas tareas y, por tanto, no todas las actividades responden de la misma manera ante una tecnología capaz de procesar información o ejecutar determinadas funciones.

La pregunta entonces cambia. “¿La tecnología crea nuevos empleos?”, planteó Frey durante su exposición. Su respuesta estuvo vinculada a la experiencia histórica. Las transformaciones tecnológicas no solamente han desplazado actividades; también han permitido que aparezcan otras nuevas.

La tecnología ha creado nuevas actividades económicas”, afirmó al abordar la relación entre innovación y empleo. La tecnología móvil, por ejemplo, abrió espacio para nuevas formas de actividad económica y de interacción. El cambio no ocurrió porque una máquina simplemente sustituyera a una persona, sino porque aparecieron posibilidades que antes no existían de la misma manera.

Para Frey, ese proceso también ayuda a explicar por qué las consecuencias de una revolución tecnológica no siempre aparecen de inmediato. La informática ofrece nuevamente un ejemplo.

Una tecnología puede estar disponible durante años antes de que las empresas cambien completamente sus procesos alrededor de ella. La herramienta es solo una parte del proceso: la organización también tiene que transformarse.

La revolución puede ser mucho más lenta de lo que esperamos, porque no se trata simplemente de tener la tecnología disponible. Hay que cambiar las organizaciones y encontrar la manera de utilizarla”, planteó.

Ese punto llevó la conferencia desde la tecnología hacia la productividad empresarial. La innovación, dijo Frey, tampoco consiste solamente en acumular conocimiento.

No se trata simplemente de leer libros o absorber conocimiento. También se trata de experimentar en situaciones reales, de tener acceso al conocimiento y de descubrir cómo utilizarlo en los procesos que realmente tenemos delante”, explicó.

La productividad, desde esa perspectiva, depende de la capacidad de convertir una tecnología en una nueva forma de hacer las cosas. Por eso, frente a la inteligencia artificial, las empresas enfrentan algo más que una decisión tecnológica. Deben revisar procesos, experimentar, identificar qué tareas pueden automatizarse y cuáles pueden beneficiarse de una herramienta que complemente el trabajo humano.

Frey cerró esa parte de su razonamiento desde una posición explícitamente optimista sobre el potencial de la tecnología, pero sin presentar la transformación como un mecanismo automático.

Soy optimista sobre lo que la tecnología puede hacer, pero tenemos que entender cómo utilizarla, cómo cambiar nuestras operaciones y cómo permitir que las personas trabajen con estas nuevas herramientas”, sostuvo.

La idea devuelve la inteligencia artificial a la historia económica que había planteado al comienzo. Las máquinas cambiaron la producción. Los computadores cambiaron el procesamiento de información. Las tecnologías digitales modificaron mercados y cadenas de suministro. Cada transformación alteró determinadas tareas y creó nuevas actividades.

Ahora la inteligencia artificial entra en esa misma secuencia. No se trata solamente de preguntar cuántos empleos desaparecerán. La que planteó Frey es: qué tareas serán transformadas, cuáles serán complementadas, qué nuevas actividades surgirán y qué tan capaces serán las empresas de reorganizarse alrededor de la tecnología.

“Ya hemos estado aquí antes”, dijo Frey al comienzo. Ahora toca descubrir qué cambia esta vez. La IA puede modificar tareas, mercados y procesos, pero su impacto económico dependerá de cómo las organizaciones aprendan a utilizarla. En esa transición, la historia tecnológica ofrece una referencia: las grandes revoluciones anteriores tampoco se limitaron a destruir actividades. También cambiaron la estructura de la economía y abrieron espacios que antes no existían.