La inteligencia artificial y la educación superior ya no pueden tratarse como mundos separados: la universidad debe enseñar a pensar con máquinas, sin renunciar a formar criterio humano.
La inteligencia artificial y la educación superior están entrando en una relación inevitable. La pregunta ya no es si los estudiantes usarán estas herramientas, sino si las universidades los formarán para usarlas con inteligencia, ética y criterio. Mi planteamiento es sencillo: la IA no sustituirá a la educación superior, pero sí castigará a las instituciones que sigan formando profesionales para tareas que pronto harán mejor las máquinas.
Durante décadas, la educación superior prometió algo relativamente estable: estudiar una carrera, dominar un cuerpo de conocimientos y ejercer una profesión. Ese contrato se está rompiendo. Hoy, una aplicación basada en inteligencia artificial puede resumir documentos, programar, redactar, diseñar, traducir, analizar datos y proponer escenarios en segundos.
Esto representa una ventaja enorme. La IA puede personalizar el aprendizaje, detectar debilidades del estudiante, ampliar el acceso a tutorías, acelerar investigaciones y liberar tiempo docente para lo más importante: acompañar, preguntar, corregir y formar juicio. UNESCO ha planteado que la inteligencia artificial generativa debe integrarse con una visión centrada en el ser humano, no como reemplazo del educador.
Pero también hay un riesgo: confundir producir con aprender. Un estudiante puede entregar un ensayo impecable sin haber comprendido el tema. Puede resolver un caso sin haber desarrollado razonamiento propio. Puede graduarse con fluidez tecnológica, pero sin profundidad intelectual. Ese es uno de los grandes inconvenientes de la IA en la universidad: puede crear una ilusión de competencia.
La oportunidad está en usar la inteligencia artificial como gimnasio mental, no como muleta. Un buen profesor puede pedirle al estudiante que contraste respuestas de distintos sistemas, identifique errores, defienda decisiones, formule mejores preguntas y explique por qué acepta o rechaza una recomendación automatizada. Ahí la IA no reduce el pensamiento: lo provoca.
La desventaja aparece cuando la universidad responde solo con prohibiciones o con entusiasmo ingenuo. Prohibirla por completo es desconocer el mundo laboral que espera a los egresados. Adoptarla sin reglas es entregar la formación profesional a plataformas privadas que no siempre explican cómo producen sus respuestas, qué datos usan o qué sesgos arrastran.
El Foro Económico Mundial estima que una proporción muy alta de habilidades laborales cambiará hacia 2030, en un contexto donde empleadores de múltiples sectores ya anticipan transformaciones por automatización, IA y digitalización. Por eso, la educación superior debe dejar de medir solo memoria y producto final. Tiene que evaluar proceso, criterio, ética, creatividad, colaboración y capacidad de aprender de nuevo.
La OCDE también ha insistido en una pregunta clave: qué capacidades humanas serán más difíciles de reproducir por IA y robótica, y qué educación se necesita para desarrollarlas. Esa debe ser la brújula universitaria. No formar profesionales que compitan con la máquina en velocidad, sino personas capaces de dirigirla, auditarla y darle sentido.
El profesional valioso en la era de la IA no será quien “sepa usar ChatGPT” o cualquier otra herramienta. Será quien entienda su disciplina, conozca los límites de la tecnología, sepa preguntar con precisión, detecte respuestas falsas, proteja datos sensibles y tome decisiones responsables cuando el algoritmo no baste.
Esto obliga a rediseñar carreras. Medicina, derecho, comunicación, ingeniería, administración, educación y ciencias sociales tendrán que incorporar alfabetización en IA, ética de datos, pensamiento crítico y aprendizaje basado en problemas reales. La IA debe entrar al currículo, no como asignatura decorativa, sino como competencia transversal.
También abre una oportunidad para América Latina y el Caribe. Muchas universidades de la región pueden saltar etapas si integran estas herramientas con visión estratégica: tutorías inteligentes, laboratorios virtuales, simuladores, análisis de casos locales y formación continua para trabajadores que necesitan reconvertirse. Pero ese salto requiere inversión.
El peligro es que la brecha educativa se agrande. Quien tenga mejores herramientas, mejores profesores y mejor conectividad aprenderá más rápido. Quien solo tenga acceso superficial a la IA quizá produzca más tareas, pero no necesariamente más conocimiento. La democratización tecnológica no ocurre sola: se diseña.
En un mundo donde muchas tareas intelectuales serán automatizadas, el valor profesional estará en la pregunta correcta, el juicio ético, la creatividad aplicada y la capacidad de convertir tecnología en bienestar humano.
El autor es director general de CEF.- Santo Domingo
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