Cuando la oferta musical es infinita, la atención se convierte en el recurso más escaso, y solo comerán de ese anhelado pastel los artistas que generen mayor recordación emocional, no mayor ruido.

¿Qué necesidad tenía Lady Gaga de tocar en bares de poco prestigio cuando ya era una superestrella en 2016? ¿Qué ganaba Metallica, con 40 años de éxito, jondeándose en un pub de San Francisco en 2021? Sencillo: reconectar con la intimidad y la autenticidad.

La tecnología ha hecho más fácil la entrada a la industria musical, pero creó un nuevo desafío: la sobreabundancia. Cada día se suben aproximadamente 120,000 canciones nuevas a Spotify, según datos de la plataforma; es decir, más de 43 millones de canciones al año. El gran problema de la actualidad es generar relevancia.

La gira que mencioné al principio de Lady Gaga se llamó Dive Bar Tour. Se realizó por el lanzamiento de su disco Joanne con una canción homónima dedicada a su tía fallecida. La historia era bastante personal y decidió compartirla con el pequeñito público que la acompañó en esos pubs.

Después de llenar estadios y más estadios con producciones apoteósicas, quería volver a los barcitos donde se inició, donde luchaba por lo que amaba, donde era Stefani Germanotta. Encima, la cantante estaba entusiasmada u obsesionada (con los artistas nunca se sabe) con una vuelta a la música americana.

Y lo consiguió, porque es una intérprete astuta y con corazón. Y es que cuando la oferta musical es infinita, la atención se convierte en el recurso más escaso, y solo comerán de ese anhelado pastel los artistas que generen mayor recordación emocional, no mayor ruido.

Estamos en la era de los algoritmos, que pueden ayudar a descubrirte, pero no necesariamente a que te amen. Es la conexión emocional la que puede lograrlo. Sin embargo, asombra lo pronto que se olvida para dar prioridad a la métrica del alcance.

Pero, cuidado, la generación Z ha crecido rodeada de contenido patrocinado, algoritmos e inteligencia artificial; su capacidad para detectar lo artificial es extraordinaria.

Nunca he deseado tanto viajar a Estados Unidos para estar en San Francisco, California, como el 16 de septiembre de 2021. Metallica anunció que tocaría en el bar The Independent para una modesta concurrencia, la que pudiera llegar al bar y comprar el brazalete por el precio, también modesto, ¡de 20 dólares!

Acciones de ese tipo me hacen pensar en otro reto actual para la música: la era del superfan. Goldman Sachs explica que será un gran motor de este sector en el futuro, el 20% de los consumidores de música entra en esta categoría, la monetización de este segmento representa miles de millones de dólares adicionales para la industria. En consecuencia, hoy sabemos que es más rentable construir una comunidad profundamente comprometida que una audiencia masiva superficial.

Y gestos como el de Metallica tocando en la ciudad que los vio convertirse en una de las bandas más importantes del heavy metal apuntan a esa misma dirección: conectar y agradecer a sus fans. Lo que nos lleva a un próximo paso, los espectáculos inmersivos y exclusivos.

Pero, definitivamente, la interpretación más importante es que, pese a los muchos cambios y novedades, la conexión humana sigue siendo el recurso más valioso en la música.

El autor es publicista, mercadólogo y especialista en comunicación estratégica, managing partner de NewLink Group.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no tienen que ver con la opinión de Forbes República Dominicana.