Después de que corre una Fake News, el daño se queda, pues, aunque se desmienta la falsedad, la corrección no siempre tiene el mismo alcance que la mentira viralizada.

Según estimaciones internacionales, las fake news causan pérdidas estimadas en 78,000 millones de dólares al año. Sin embargo, si vemos el coste más allá del valor económico, el daño es mayor y más difícil de restaurar, pues impacta su activo más valioso: la reputación y, con ello, erosiona la confianza y credibilidad ante sus stakeholders.

En este mundo hiperconectado, donde la velocidad del flujo de información es imparable, cada vez más se precisa estar alerta y reaccionar asertivamente ante la difusión de este tipo de narrativas. Es una obligación ineludible.

Todos tenemos claro que las Fake News son informaciones erróneas. Vienen en versiones distintas, desde las más burdas, en las que directamente hay una mentira descarada, hasta las más elaboradas, en las que se distorsionan o manipulan datos verídicos para deformar la información. Este último tipo de Fake News resulta el más lesivo, si tomamos en cuenta que persigue instaurar la duda e implantar una línea difusa para que no se pueda distinguir entre lo que es cierto de lo que es falso. En pocas palabras, desde este tipo de desinformación se busca que la verdad ya no importe y se olvide el análisis crítico.

Todo este contexto, nos plantea un riesgo estratégico que trasciende lo comunicacional para impactar transversalmente la continuidad y estabilidad de las organizaciones, sistemas democráticos o personas, según sea el caso. Y si bien el fenómeno no es nuevo, porque las noticias falsas han existido a lo largo de la historia de la humanidad, ahora la alta penetración que tienen las redes sociales y el uso de la inteligencia artificial plantean un fenómeno más complejo y peligroso, capaz de distorsionar la realidad hasta el punto de parecerse la realidad misma.

Antes, el juego consistía en diseminar información incorrecta o manipular imágenes usando técnicas primitivas, ahora basta con redactar un prompt en un software para generar un video sofisticado en deepfake, que puede confundir a quien no sea lo suficientemente perceptivo para visualizar que la voz, los gestos y movimientos no pertenecen a una persona real.

Tomemos el caso ocurrido a mediados de mayo de este año, donde se difundió por X (antiguo Twitter) un video falso de Mauricio Macri, expresidente de Argentina, endosando a un candidato horas antes de las elecciones legislativas en ese país, en plena veda electoral. De inmediato, Macri emitió un desmentido por Twitter y luego su partido Propuesta Republicana presentó una denuncia judicial ante las autoridades correspondientes.

Si bien, este caso logró notoriedad por el tipo de figura que involucraba y el momento en que se produjo, se demostró que, en momentos críticos, un solo video puede contaminar y dañar la reputación (o agenda política en este caso), principalmente si se carece de un protocolo claro y efectivo de actuación y una vocería única inmediata.

Después de que corre una Fake News, el daño se queda, pues, aunque se desmienta la falsedad, la corrección no siempre tiene el mismo alcance que la mentira viralizada.

Ante ese contexto, hay que estar preparados para mitigar sus efectos. Afortunadamente, existen estrategias para proteger la reputación lo mejor posible. Y aquí, el arma fundamental tiene que ver con las métricas y los pasos predefinidos.

Una empresa, organización o persona debe identificar los riesgos a los que puede ser susceptible, elaborar narrativas sobre sus “claims sensibles” con respaldo documental listo para publicar y mantenerse en monitoreo constante sobre qué se dice. Hay quienes hablan de tener un “Maletín del Pánico” (en sentido figurado), donde estén descritas las políticas y metodologías para tomar decisiones de manera ágil; yo lo visualizo como un plan de acción, detallado y listo para ser utilizado. La velocidad de respuesta es esencial, pero debe ser una respuesta asertiva en un escenario controlado, previsto y sin improvisación.

Igualmente, se recomienda mantener activos los canales oficiales para dominar la narrativa y, si así se decide en la estrategia, brindar informaciones que desmonten cualquier tipo de falsedad, sin chance a la dilación o a la duda.

La desinformación se ha vuelto sistémica, pero con estrategias bien pensadas y herramientas delimitadas se puede hacer frente a esa vorágine, salvando lo más preciado. la confianza corporativa que se ha convertido en el nuevo capital reputacional.

Por Ailyn Hilario

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autora y no tienen que ver con la posición de Forbes República Dominicana.