Hablar con Carla Quiñones Polanco, CEO de la firma Jenny Polanco, es entender que algunas casas de moda trascienden temporadas y tendencias para convertirse en parte de la memoria cultural de un país.
En República Dominicana, el nombre de Jenny Polanco ocupa precisamente ese lugar: el de una diseñadora que encontró en el Caribe un lenguaje propio y que transformó la identidad local en sofisticación contemporánea. Hoy, al frente de la firma fundada por su madre, Carla Quiñones no habla de herencia en términos empresariales, sino culturales.
“Jenny Polanco no diseñaba ropa para seguir tendencias; utilizaba la moda como un lenguaje para construir identidad. En una época en la que vestir europeo era sinónimo de elegancia, ella defendió que el clima, la historia y la cultura del Caribe también podían expresar sofisticación”.

Arquitecta y urbanista de formación, Carla encontró una conexión natural entre ambas disciplinas, y así lo explica: “Las ciudades se construyen con arquitectura, pero también con símbolos y con las personas que las habitan. La moda es uno de esos símbolos; ayuda a definir cómo una sociedad se ve a sí misma”.
Ese mismo entendimiento define la evolución de la firma. Para ella, el legado de Jenny Polanco no reside únicamente en el lino, el ámbar o una silueta reconocible, sino en una manera particular de observar el mundo.
“Mi madre investigaba constantemente. Se nutría de viajes, conversaciones y del intercambio con artistas, artesanos, arquitectos y músicos. Nunca diseñó siguiendo una tendencia; diseñó desde una conversación cultural”.
Por ello, aunque las herramientas cambien, hay elementos que considera innegociables: “La verdadera propiedad intelectual de una casa como la nuestra no reside solamente en los diseños. Está inmersa en el proceso creativo, la cultura de trabajo y la capacidad de transmitir ese conocimiento para que siga vivo mucho después de nosotros”.

Carla confiesa que no entendía la verdadera dimensión del legado de su madre, tras rememorar que creció viendo el respeto que despertaba entre artistas, arquitectos, intelectuales y artesanos. “Pero para mí —dice—, era simplemente mi madre haciendo su trabajo”.
Fue luego de su partida cuando comprendió que no heredaba únicamente una empresa, sino una forma de pensar el Caribe.
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Significados paralelos
En esta narrativa, la sostenibilidad y el lujo adquieren significados paralelos. Carla tiene la certeza de que el verdadero compromiso de la firma trasciende la reducción del impacto ambiental para enfocarse en “garantizar que los oficios y el conocimiento no desaparezcan”.
Con esta base, define los códigos del sector desde una perspectiva local: “En el Caribe, el lujo no es opulencia ni exclusividad. Es la capacidad de transformar nuestra cultura en una experiencia sofisticada sin perder autenticidad”.

Detrás de cada pieza existe una historia, una comunidad y un oficio que merecen ser preservados: “Las personas ya no buscan solamente productos; buscan pertenecer a una narrativa”, asegura.
Ese lujo cultural y profundamente humano es, desde su perspectiva, una de las grandes oportunidades de la región. “Durante décadas exportamos destinos turísticos; hoy también podemos exportar una manera de entender la belleza, el diseño y la exclusividad desde nuestra propia identidad”.
La conversación inevitablemente se desplaza hacia el futuro de la moda dominicana, un momento que Carla describe como “extraordinario”: “Tenemos talento, conectividad y una posición estratégica dentro del Caribe. El reto no es producir creatividad; es construir instituciones, empresas y marcas capaces de permanecer durante décadas”.
La paciencia es una palabra que aparece constantemente durante la conversación. “Mi madre tardó más de cuarenta años en construir esta casa. Hoy vivimos en una cultura que espera resultados inmediatos, pero las marcas patrimoniales se construyen en el largo plazo”.
Esa misma filosofía guía la visión de la firma hacia adelante. “Mi trabajo no es conservar un legado ni reemplazar su esencia. Mi responsabilidad es construir el puente entre su legado y el futuro”.
Su aspiración es potenciar el espíritu de Jenny Polanco y consolidarla como la gran casa de lujo cultural del Caribe hispano, una plataforma capaz de conectar diseño, artesanía, arte contemporáneo y conocimiento. Porque, al final, las grandes casas de moda permanecen cuando dejan de pensar únicamente en sus productos y comienzan a centrarse en los ecosistemas que construyen.

Cuando le preguntamos qué pensaría Jenny Polanco del camino recorrido, responde sin dudar: “Nunca he sentido que trabajo sola. Ella me dejó algo mucho más valioso que un negocio: me dejó un criterio”.
Para Carla, es ahí donde reside el verdadero legado: no en repetir el pasado, sino en darle continuidad con la confianza necesaria para imaginar el futuro. Un futuro en el que República Dominicana no siga tendencias, sino que continúe creándolas.
Por Betsabé Calatayud.
