Para la diseñadora Dwarmis Concepción el reconocimiento puede ser momentáneo, pero la trascendencia ocurre cuando tu trabajo deja una huella emocional, cultural o humana.

Como si el tiempo hubiese decidido suspenderse, las modelos permanecían erguidas sobre pedestales, como esculturas vivas dentro de Cristina Grajales Gallery que recibió el debut neoyorquino de la diseñadora dominicana Dwarmis Concepción.

En aquel espacio, rodeado de arte y de una energía femenina envolvente, surgió en ella la certeza de que no se trataba solo de presentar prendas, sino de revelar una forma de habitar el cuerpo y el espacio. El público avanzaba entre las modelos con la devoción de quien descubre algo íntimo, mientras una composición musical creaba una atmósfera casi espiritual.

“Aquel día fue, sin duda, uno de los momentos más reveladores y emocionales de mi vida. Durante muchos años trabajé detrás de escena para otras marcas: ayudando en los fittings, en backstage, en la construcción de colecciones que no llevaban mi nombre. Pero esta vez era diferente. Era mi historia, mi visión, mi equipo”, responde con notable emoción la fundadora de DWARMIS a la pregunta con la que Forbes Life inició la conversación.

Tras obtener una beca completa para la Parsons School of Design, Dwarmis llegó a Nueva York y se dejó arrastrar por el pulso incesante de la ciudad, un mosaico de culturas y gestos que pronto se convirtió en su laboratorio cotidiano. Ahí afinó su oficio junto a casas como Tory Burch, Ulla Johnson y Rachel Comey, descubriendo una perspectiva más amplia desde la cual observar la moda.

En ese tránsito —entre las aulas, los talleres y las calles que nunca repiten la misma escena— surgieron otras inspiraciones, siempre acompañadas de los recuerdos de familia y valores infundidos desde temprana edad en Santo Domingo.

¿Cómo se entrelazan tu memoria originaria y tu perspectiva global al crear?

Mi proceso creativo es una conversación constante entre lo que heredé y lo que observo. La memoria dominicana está en los colores del sol, en los tejidos naturales, en la música, en la sensualidad del movimiento. La mirada global entra cuando traduzco esa esencia a un lenguaje contemporáneo, con proporciones limpias y siluetas modernas. Es un diálogo de respeto y evolución: nunca olvido de dónde vengo, pero siempre pienso hacia dónde voy.

¿Qué técnicas o saberes han marcado tu manera de diseñar?

Más que técnicas, heredé una sensibilidad. Mi abuela paterna era una mujer regia, siempre impecable, con un sentido innato de elegancia y presencia. Representaba la fuerza y el refinamiento caribeño: esa manera de vestir que comunica sin decir una palabra. Mi otra abuela, en cambio, tenía una energía más terrenal; le encantaba su jardín y solía hacer su propio tabaco en casa. Esa mezcla entre lo sofisticado y lo orgánico siempre ha vivido dentro de mí y aparece constantemente en mi trabajo.

También crecí observando a mi padre, quien coleccionaba arte de la región y tenía un negocio textil, importando telas a la República Dominicana. De él aprendí a mirar los materiales con respeto, a entender la historia detrás de cada textura, y a ver el diseño como una forma de arte.

 ¿Hay algún material o proceso que consideres un acto de resistencia creativa?

Sí. Para mí, trabajar con deadstock y producir localmente en Nueva York es un acto de resistencia. Elegir materiales que ya existen y darles nueva vida es una manera de crear con conciencia, sin perder sofisticación. Es, igualmente, una forma de honrar la materia: transformar lo que otros descartan en algo deseable y eterno.

Apostar por lo hecho en la ciudad que me ha acogido, por las manos artesanas que aún conservan los oficios del vestir, es otra forma de resistencia. En una industria dominada por la velocidad, yo elijo el tiempo. El tiempo de hacer bien las cosas, de cuidar cada puntada, de crear algo que pueda quedarse con quien lo usa más allá de una temporada.

¿En qué colección trabajas ahora y qué inspira su rumbo?

Actualmente estoy trabajando en mi colección Tierra, para Otoño/Invierno 2026. Es una reflexión sobre el origen, la raíz y la conexión profunda que tenemos con la tierra, con el suelo que nos sostiene, con la memoria que habita en la materia.

Después de Cuerpo, sentí la necesidad de mirar hacia abajo, de volver al punto de partida. “Tierra” habla de lo que nace, de lo que se transforma y de lo que permanece. Es una metáfora de la creación misma: sembrar, cuidar y dejar florecer. Esta colección es un homenaje a mis raíces caribeñas y a todos los que, con su trabajo, siembran belleza en el mundo. Las texturas evocan la rugosidad del terreno, las grietas del tiempo y la calidez de lo orgánico.

¿Hacia qué dirección deseas llevar tu firma: reconocimiento o trascendencia?

Aspiro a la trascendencia. El reconocimiento puede ser momentáneo, pero la trascendencia ocurre cuando tu trabajo deja una huella emocional, cultural o humana. También deseo que la marca abra espacio para la comunidad latina en todos los niveles de la moda: desde las manos que confeccionan las prendas hasta los fotógrafos, patronistas y creativos que hacen posible cada colección. Quiero que el mundo vea que los latinos podemos crear piezas sofisticadas, precisas y profundamente contemporáneas, con una nueva visión que une elegancia, identidad y alma.