Líderes del sector sostienen que el turismo entra en una nueva etapa marcada por un viajero más exigente, un capital más selectivo y destinos capaces de reinventarse.
Tras la pandemia, gran parte de los discursos sobre el turismo estuvieron marcados por una misma palabra: recuperación. Es entendible. La prioridad era recuperar visitantes, ocupación hotelera y los niveles de inversión previos a la pandemia. Sin embargo, esa etapa parece haber llegado a su fin. En el Americas Investment Forum (AIF) 2026, se planteó que esa etapa quedó atrás y que la industria entró en un nuevo ciclo, donde la conversación ya no gira alrededor de cuánto crece el turismo, sino de cómo evolucionan las inversiones y qué tipo de experiencias demandan los nuevos viajeros.
"La recuperación terminó. Ya no hablamos más de recuperación; hablamos de transición, hablamos de cambio, hablamos de nuevas reglas y de un nuevo ciclo", resumió la viceministra técnica de Turismo, Jacqueline Mora, al abrir un panel sobre la construcción de una estrategia turística integrada para la región.
Ese cambio, explicó, ya se comienza a ver en el comportamiento del mercado. De hecho, el turismo de lujo dejó de ser un nicho para convertirse en uno de los segmentos más rentables de la industria. "El lujo ya no tiene fricción", afirmó, al señalar que este tipo de inversiones registra rentabilidades cercanas al doble de otros segmentos turísticos.
Pero competir por ese mercado implica redefinir el concepto mismo de lujo. "El lujo es capital humano, sostenibilidad y diversidad", sostuvo Mora, al plantear que los destinos ya no pueden limitarse a ofrecer infraestructura de alto nivel, sino que deben construir experiencias diferenciadas capaces de responder a un viajero con expectativas distintas.
Frank Elías Rainieri, CEO del Grupo Puntacana, coincidió al afirmar que el principal desafío no consiste únicamente en construir mejores hoteles o ampliar la infraestructura. “El ser humano" sigue siendo, a su entender, el activo más importante de un destino turístico. La hospitalidad y la manera en que el dominicano recibe al visitante continúan siendo elementos difíciles de replicar por otros destinos.
Ese cambio también alcanza a las nuevas generaciones. "Hoy las generaciones no viajan solamente por el placer de viajar, sino por el placer de pertenecer", expresó, al explicar que los visitantes buscan cada vez más destinos con identidad, propósito y marcas con las que puedan sentirse identificados.
En ese sentido, si la recuperación quedó atrás, la siguiente tarea será evitar que los destinos envejezcan. Para Rainieri, un destino no pierde competitividad porque sus playas o sus calles sean más antiguas, sino porque deja de renovar su infraestructura y su oferta turística. "Hay destinos viejos y destinos nuevos. Los destinos viejos no se vuelven viejos porque la playa sea vieja; se vuelven viejos porque la infraestructura hotelera y la oferta envejecen", sostuvo.
Esa renovación, sin embargo, exige horizontes de largo plazo. Un proyecto hotelero tarda entre cuatro y cinco años en construirse y alrededor de tres años más en estabilizar su operación, por lo que, advirtió, mantener reglas claras resulta determinante para incentivar nuevas inversiones. "Cuando hay cambio de reglas, uno se asusta", afirmó, al recordar que un proyecto hotelero requiere varios años antes de comenzar a generar retornos significativos.
Confianza
Si el perfil del turista cambió, el del inversionista también. De acuerdo con los participantes del panel, el capital que financia hoteles, complejos turísticos e infraestructura es hoy mucho más selectivo que hace algunos años. La decisión de invertir ya no depende únicamente del potencial de un destino, sino de la capacidad que tenga para ofrecer estabilidad durante proyectos que, por su naturaleza, requieren horizontes de largo plazo.
Desde ONU Turismo, Natalia Bayona sostuvo que, en un escenario internacional marcado por decenas de conflictos geopolíticos, América Latina y el Caribe mantienen una ventaja competitiva que comienza precisamente por la confianza. "Ese es el primer sinónimo para garantizar la confianza", afirmó, al recordar que la región continúa siendo una de las zonas más estables del mundo para la inversión turística.
No obstante, explicó que esa confianza debe sostenerse sobre instituciones capaces de generar seguridad jurídica, estabilidad fiscal y espacios donde el sector público y el privado trabajen conjuntamente para fortalecer la inversión y convertirla en desarrollo.
De hecho, Gibrán Chapur, CEO de The Palace Company respaldó esa idea. "Nosotros decidimos nuestras inversiones en lugares que tengan certezas jurídicas", afirmó. Explicó que desarrollar un proyecto hotelero supone asumir riesgos financieros durante varios años, desde la compra del terreno hasta la entrada en operación del establecimiento, por lo que la estabilidad de las reglas del juego termina siendo un factor determinante.
"Esa fue una de las razones por las que hemos invertido tanto en República Dominicana", señaló, al referirse al entorno que, según dijo, ha encontrado la empresa para desarrollar nuevos proyectos en el país. Sin embargo, advirtió que esa confianza no garantiza por sí sola la competitividad futura de un destino. También es necesario reinventar continuamente la oferta turística.
"Tenemos que seguir reinventándonos y reinvirtiendo en nuestro producto", afirmó, tras recordar que algunos destinos pierden atractivo no porque sus recursos naturales cambien, sino porque dejan de renovar su infraestructura y las experiencias que ofrecen al visitante.
¿Competencia o cooperación?
Para la presidenta de ProColombia, Carmen Caballero, el siguiente paso consiste en que los países dejen de pensar únicamente en estrategias nacionales y comiencen a construir una visión compartida del turismo.
Según explicó, esa integración pasa por fortalecer la conectividad aérea, modernizar la infraestructura de transporte y avanzar hacia políticas de cielos abiertos que permitan que la región opere con mayor articulación. "Es importante que lo hiciéramos", expresó al defender una estrategia donde el Caribe y América Latina funcionen como un destino más conectado para inversionistas y visitantes.
De hecho, para el ministro de Turismo de Jamaica, Edmund Bartlett, más que competir entre sí, los países de la región deben aprender a combinar competencia y colaboración.
"El futuro del crecimiento y el desarrollo del Caribe depende tanto de la competencia como de la colaboración", afirmó, al defender una estrategia en la que cada destino conserve su identidad, pero aproveche la diversidad regional para fortalecer la posición del Caribe frente a otros mercados internacionales.
Rainieri cerró el panel con una meta compartida por la región. Recordó que alrededor de 2,000 millones de personas viajan cada año fuera de sus fronteras, mientras que apenas unos 40 millones eligen el Caribe como destino. "Tenemos un mundo entero por captar", afirmó.
