La ecuación industrial dominicana cambió. No es solo menos camisetas. Es más complejidad, más cumplimiento, más integración en cadenas donde la calidad no es negociable.

Durante años, el imaginario industrial dominicano estuvo ligado a un producto reconocible: camisetas rumbo a Estados Unidos. Para los años 90, hablar de zonas francas dominicanas era hablar de textil. El país ensamblaba, empacaba y exportaba volumen. La ecuación era clara: mano de obra, velocidad y acceso preferencial al mercado estadounidense.

Tres décadas después, el paisaje industrial luce distinto.

“Al final de la década de los 90, los procesos eran de ensamblaje exclusivamente manuales”, recuerda Richard Castro, site director de Cardinal Health. Hoy describe líneas automatizadas, cuartos limpios de alta clasificación, validaciones regulatorias complejas y manufactura de componentes críticos. Lo que cuenta no es una anécdota técnica; es una radiografía del desplazamiento que ha vivido la base productiva dominicana.

Castro explica que el salto no fue simplemente tecnológico, sino cultural y organizacional. “Pasamos de ejecutar tareas repetitivas a gestionar procesos altamente controlados, con estándares internacionales y auditorías permanentes. Eso cambia la forma en que se entrena el personal, la manera en que se estructura la planta y el tipo de talento que se requiere”, afirma.

Si bien el componente de costos sigue siendo relevante, aclara que hoy la decisión es más estratégica que meramente económica. Sostiene que la proximidad al mercado estadounidense es un diferenciador fundamental en el contexto actual de reorganización de cadenas de suministro. Sin embargo, advierte que la cercanía geográfica no basta por sí sola.

En industrias como la de dispositivos médicos, donde las inversiones son de largo plazo y las certificaciones regulatorias exigen procesos rigurosos, la previsibilidad jurídica se vuelve crítica. “Aquí no se toman decisiones para uno o dos años. Son apuestas de largo aliento. La confianza se construye entregando resultados de manera consistente”, explica.

Con esa lógica, República Dominicana dejó de competir exclusivamente por precio y comenzó a competir por confiabilidad, disciplina operativa y capacidad de cumplimiento, integrándose más profundamente en cadenas globales donde la estabilidad y la calidad determinan la permanencia.

Los números acompañan esa transformación.

De acuerdo con los datos compartidos a este medio por la Dirección General de Aduanas (DGA), entre 2015 y 2024, las exportaciones dominicanas del capítulo 90, instrumentos y aparatos médicos y ópticos, crecieron cerca de 92%, pasando de aproximadamente US$1,003 millones a US$1,923 millones. En paralelo, el capítulo 85, máquinas y aparatos eléctricos, aumentó 114%. En el mismo período, las prendas no de punto redujeron su participación dentro del total exportado de forma drástica. Esto evidencia que no se trata solo de crecimiento absoluto, se trata de un cambio en la composición.

En 2015, los instrumentos médicos representaban cerca del 6% del total exportado; en 2024 superan el 7.4%. Los aparatos eléctricos pasaron de 3.3% a 4.6%. Las prendas no de punto, en contraste, cayeron por debajo de medio punto porcentual del total.

El giro también se aprecia al descender a nivel de subpartida. En 2024, rubros como “aparatos de medicina” y “aparatos de transfusión” superaron individualmente los US$400 millones, compitiendo directamente en volumen con productos históricamente emblemáticos como las camisetas de algodón. La sofisticación dejó de ser un concepto abstracto y comenzó a expresarse en códigos arancelarios concretos, desplazando silenciosamente el centro de gravedad exportador.

Para Daniel Liranzo, director general del Consejo Nacional de Zonas Francas de Exportación, el fenómeno responde a una evolución que comenzó hace más de una década. “La transformación refleja un cambio estructural profundo en la composición de nuestras exportaciones”, afirma.

En 2024, las exportaciones de dispositivos médicos alcanzaron US$2,809.7 millones, representando 33.4% del total exportado bajo zonas francas. Más de 42 empresas operan en el sector, generando alrededor de 33,500 empleos directos. Liranzo subraya que el proceso no solo implica más exportaciones, sino mayor complejidad.

“Hoy las zonas francas dominicanas participan en segmentos que requieren certificaciones internacionales, cumplimiento normativo estricto y procesos validados. Eso no es casualidad; es el resultado de años de construcción institucional y empresarial”, sostiene.

El nearshoring, explica Liranzo, aceleró el crecimiento reciente, pero no lo originó. “La relocalización de cadenas encontró un modelo que ya venía sofisticándose”, sostiene, describiendo un proceso que se consolidó gradualmente y que entre 2020 y 2024 registró un crecimiento acumulado cercano al 43%..

Desde el terreno donde se materializan esas inversiones

Bela Szabó, CEO del Parque Industrial Zonas Francas Las Américas, describe un cambio en el perfil de las empresas que llegan al país. “Hoy estamos recibiendo operaciones de dispositivos médicos, electrónica avanzada, incluyendo placas de circuito impreso, y servicios regionales”, explica.

Pero el cambio no es solo sectorial. “El desafío ya no es solo producir, sino producir con consistencia, trazabilidad y resiliencia”, afirma. Esto implica garantizar continuidad en servicios críticos, fortalecer talento técnico especializado, operar bajo estándares regulatorios cada vez más exigentes y responder a cadenas de suministro que demandan mayor proximidad geográfica y menor exposición al riesgo.

 “La complejidad operativa ha aumentado, y la disciplina sistémica es hoy un diferenciador clave”, sostiene.

Las exigencias también evolucionaron. Infraestructura escalable, redundancia energética, conectividad robusta y procesos auditables son hoy requisitos mínimos. “No es simplemente espacio industrial; es un ecosistema preparado para cumplir estándares globales”, añade, señalando que la confiabilidad operativa se convirtió en ventaja competitiva.

Al abordar la pregunta sobre la preparación del talento técnico para sostener esta evolución, Szabó responde con matices. “Estamos preparados, pero lo más relevante es que estamos fortaleciendo esa preparación de manera estructural”.

En su visión, el talento humano es el eje del crecimiento en industrias avanzadas. Por ello, explica, se ha adoptado una estrategia deliberada de articulación academia, industria, trabajando con universidades e institutos técnicos para asegurar que la formación responda a las necesidades reales del sector productivo.

Esa capacidad de adaptación agrega, es la que sostiene la competitividad en el largo plazo, consolidando un modelo que no depende únicamente de ventajas coyunturales, sino de preparación estructural.

Claudia Pellerano, presidenta de Adozona, sitúa el punto de inflexión a mediados de los 2000, cuando el país comprendió que depender exclusivamente de sectores intensivos en mano de obra limitaba el crecimiento.

“La diversificación no fue un accidente; fue una decisión estratégica”, señala, destacando que el nearshoring actuó como catalizador, profundizando una tendencia ya definida.

Consultada sobre si el país realmente ha escalado en sofisticación tecnológica o si continúa siendo principalmente ensamblador, Pellerano es enfática. “Sí, hemos escalado considerablemente en sofisticación tecnológica. Durante muchos años el modelo estuvo asociado al ensamblaje básico, y esa percepción persiste. Pero la realidad cambió”.

Explica que hoy una parte importante de las operaciones incorpora procesos de ingeniería, validación técnica, automatización, control estadístico de calidad y cumplimiento regulatorio internacional.

 “En sectores como dispositivos médicos no se trata de simple ensamblaje. Se realizan procesos de esterilización, calibración, pruebas funcionales, trazabilidad y certificaciones bajo estándares globales estrictos. Eso exige talento técnico, inversión en equipos especializados y una cultura de cumplimiento muy rigurosa”, afirma.

En manufactura especializada ocurre algo similar. “Hay integración de componentes, pruebas eléctricas, diseño de procesos y mejoras continuas que agregan valor dentro del país. Incluso en servicios empresariales, el salto ha sido hacia análisis, tecnología y operaciones de mayor complejidad”.

Pellerano reconoce que el ensamblaje sigue existiendo, pero ya no define el modelo. “El desafío no es negar esa etapa, sino seguir subiendo en la cadena de valor: más diseño, más innovación local, más encadenamientos productivos. El avance ha sido real. Ahora tenemos la tarea de seguir profundizándolo”, sostiene, enmarcando la transformación como un proceso en evolución, no como punto final.

Al referirse a los riesgos estructurales que enfrenta este nuevo ciclo, introduce un matiz estratégico. “El principal riesgo es el capital humano. La velocidad con la que crecen los sectores de mayor sofisticación puede superar la capacidad para formar talento especializado. Si no se alinea la formación con la demanda real de la industria, el crecimiento se frena”.

También advierte sobre la infraestructura y energía, ya que considera que la manufactura avanzada y los servicios tecnológicos requieren estabilidad eléctrica, conectividad digital robusta y logística eficiente y advierte que cualquier retroceso en predictibilidad operativa afecta la competitividad.

A esto se suma la competencia internacional. “El nearshoring no es exclusivo. México, Centroamérica y Asia también están ajustando sus propuestas de valor. Mantener estándares regulatorios altos, tiempos ágiles y seguridad jurídica es clave para no perder terreno”.

Otro punto crítico son los encadenamientos locales pues entiende que, si no se fortalece la integración con proveedores nacionales, el valor agregado interno puede estancarse ya que la sofisticación no solo debe atraer inversión extranjera; debe multiplicarse dentro del tejido productivo local.

Señala un riesgo menos tangible pero igualmente determinante: la autocomplacencia. “Creer que el posicionamiento actual es permanente sería un error. Las cadenas globales se reconfiguran con rapidez creciente. La única defensa real es mejorar continuamente”, concluye, dejando claro que la consolidación alcanzada no elimina la necesidad de evolución constante.

En el plano institucional, el proceso se traduce en políticas orientadas a fortalecer capacidades. Johannes Kelner, viceministro de zonas francas y regímenes especiales del MICM, subraya el énfasis en formación técnica, simplificación de procesos y promoción internacional.

“No podemos competir solo por costo; debemos competir por talento y eficiencia”, afirma. Kelner resalta que la estrategia gubernamental ha buscado reducir tiempos, facilitar trámites y reforzar la preparación del capital humano. “La inversión llega donde encuentra estabilidad y talento. Nuestro trabajo es garantizar ambas condiciones”, sostiene.

Menciona además la presencia de centros de ingeniería y diseño que desarrollan patentes desde República Dominicana, ampliando la discusión más allá del ensamblaje tradicional.

“El reto es fortalecer encadenamientos productivos y elevar el contenido local”, agrega, proyectando una fase más profunda de consolidación, avanzando hacia mayor integración nacional en la cadena de valor.

El contexto internacional ayuda a explicar por qué esa evolución encuentra terreno fértil.

El Global Value Chain Development Report 2025 describe un proceso de reconfiguración de las cadenas globales de valor. Más regionalización, mayor peso de servicios digitalmente entregables y énfasis en resiliencia. En ese escenario, economías con infraestructura logística competitiva, estabilidad macroeconómica y experiencia exportadora ganan atractivo y República Dominicana encaja en esa lógica.

El Latin American Economic Outlook 2025 ubica al país dentro del grupo regional orientado a comercio e inversión extranjera, modelo asociado a mayor diversificación productiva. McKinsey, por su parte, resalta que el aumento de productividad en América Latina depende de inversión y sectores de mayor complejidad, señalando que la tasa de inversión dominicana se sitúa por encima del promedio regional.

Para el economista Henri Hebrard, la estructura exportable dominicana se ha diversificado de forma significativa. “Pasamos de un modelo prácticamente monoproducto en zonas francas a una estructura donde los dispositivos médicos ocupan un lugar central”, explica, señalando que el país figura entre los principales exportadores mundiales en esa categoría.

Hebrard enfatiza que el crecimiento no solo responde a coyuntura, sino a estabilidad macroeconómica, apertura comercial y mejora logística. “La conectividad portuaria, la disciplina fiscal y la previsibilidad han sido factores clave”, sostiene, consolidando la inserción dominicana en cadenas globales más exigentes.

No se trata de una sustitución abrupta ni de una narrativa triunfalista. Se trata de un desplazamiento progresivo donde sectores que requieren validación regulatoria, automatización y capital humano especializado han ganado peso estructural.

El textil no desapareció; perdió centralidad.

En su lugar, ganaron terreno industrias donde la disciplina operativa es condición mínima, donde la trazabilidad es requisito contractual y donde la consistencia productiva determina la permanencia en la cadena.

El caso de Cardinal Health ilustra ese tránsito. “Hoy producimos componentes críticos que forman parte de dispositivos utilizados globalmente”, señala Richard Castro, describiendo una operación que exige cumplimiento normativo estricto y validaciones técnicas complejas, integrándose plenamente a estándares internacionales.

“El fortalecimiento de la formación técnica y universitaria local ha sido clave para soportar este crecimiento; con instituciones a nivel técnico formativo tipo Loyola, universidades enfocadas en las carreras SMED como Intec y la parte gubernamental como El Infotep”, resalta.

Ese nivel de integración no se construye de la noche a la mañana. Es el resultado de más de una década de adaptación productiva, inversión sostenida y aprendizaje institucional, acelerándose en un contexto geopolítico que favorece proximidad y confiabilidad.

Mientras el comercio global se reorganiza, República Dominicana no aparece como espectadora, sino como nodo activo en esa reconfiguración, pues la consolidación no implica ausencia de desafíos, implica haber cruzado un umbral.

Hoy, cuando se revisa la canasta exportadora, ya no domina la narrativa de volumen textil. Aparecen catéteres, dispositivos de transfusión, componentes eléctricos y procesos certificados. Aparece una estructura más técnica y regulada.

La ecuación industrial dominicana cambió

No es solo menos camisetas. Es más complejidad, más cumplimiento, más integración en cadenas donde la calidad no es negociable.

Y esa transformación, sostenida en cifras y respaldada por actores públicos y privados, consolida una plataforma exportadora que compite en un terreno distinto al de su primera era industrial, afirmándose en un mapa global donde la sofisticación define la competitividad.