La camada más joven de la región ya no es la fuerza de consumo que la economía esperaba, sino la que administra su propio patrimonio entre el ahorro digital y el trabajo por proyecto. En 2026, el problema persiste, ya que las brechas de género, territorio y de protección social todavía no acompañan esta evolución.
Valeria tiene 28 años, vive en Guadalajara y pocas veces pisó una sucursal bancaria. Maneja una cuenta en un banco digital de renombre, invierte cantidades pequeñas en una plataforma de acciones, vende ropa vintage por Instagram y completa sus ingresos con proyectos de diseño gráfico que consigue en un portal de trabajo independiente. No se considera empresaria ni inversora, ‘sólo cuido mi dinero’, dice, aunque sin proponérselo integra una transformación que reconfigura la economía latinoamericana.
No es un caso aislado, sino el retrato de millones de personas que conforman lo que los economistas ya llaman la nueva clase media latinoamericana, una generación que creció con el teléfono en la mano, atravesó la pandemia en plena formación económica y desde entonces no se limita a consumir, también decide qué hacer con lo que gana.
América Latina es hoy un mercado de 6.5 billones de dólares, con 660 millones de consumidores y una clase media estimada en 150 millones de personas, según el Banco Interamericano de Desarrollo, llamada a sostener el consumo privado regional durante la próxima década. Dentro de ese bloque hay una franja que cambia las reglas más rápido que cualquier otro segmento, la generación Z.
En 2024 se registraron unos 169 millones de jóvenes de esa camada en la región, nacidos entre 1997 y 2012, una cuarta parte de la población; para 2030 la proporción escalará al 34%, según Americas Market Intelligence, y los convertirá en la mayor fuerza de consumo e inversión. El guarismo no sería tan relevante si su comportamiento económico no rompiera casi todos los estereotipos que pesaban sobre los jóvenes latinoamericanos.
Durante décadas, la clase media de la región fue vista sobre todo como fuerza de consumo, y su crecimiento empujó la vivienda, el automóvil, el turismo, la educación y los bienes duraderos, bajo un guión sencillo, a medida que las familias salían de la pobreza compraban más. Ahora, la nueva generación reescribe ese libreto.
Para los jóvenes de la generación Z hacer dinero es una prioridad, el 97% busca estabilidad, el 63% ahorra y el 59% planifica sus gastos, de acuerdo con la firma de investigación Samy. No es la estampa del millennial derrochador, sino la de alguien que vio de cerca la inestabilidad económica en varios países de la región y resolvió tomar el control de sus finanzas.
Entre los productos financieros más utilizados asoman el ahorro para educación, con 30%, las acciones, con 25%, y las criptomonedas, con 20%, mientras el 72% realizó alguna inversión durante el último año, según el informe Ready for the Zoomers? de Human8.
En México y en el conjunto de la región, su relación con el dinero no responde al viejo modelo de ahorrar primero y gastar después, sino a una lógica que combina experiencias, inversión temprana, consumo digital y ahorro preventivo, según el análisis Future Consumer Index de EY. Priorizan la liquidez sobre la acumulación, invierten pensando en contingencias antes que en el retiro y consumen influidos tanto por valores como por creadores de contenido.
El banco en el bolsillo
Si un fenómeno ilustra el cambio, es el ascenso de las billeteras y los bancos digitales como puerta de entrada al sistema financiero para millones de latinoamericanos. El teléfono desplazó a la ventanilla, y sobre esa base compiten neobancos, aplicaciones de inversión y billeteras de pago que hasta hace pocos años no tenían lugar en el tablero.
El brasileño Nubank, el mayor banco digital de la región, cerró 2025 con 131 millones de clientes en Brasil, México y Colombia, tras sumar 17 millones en el año, un crecimiento del 15%, según los resultados anuales de Nu Holdings publicados en febrero de este año. En Brasil ya atiende al 62% de la población adulta, una penetración sin equivalente en ningún otro banco digital del mundo.
En México llega a cerca del 15% de los adultos y encabeza la emisión de tarjetas de crédito nuevas, mientras en Colombia superó los cuatro millones de usuarios, alrededor del 10% de la población adulta. Buena parte de esa base procede de hogares de ingresos bajos y medios, y de zonas donde la banca tradicional nunca abrió una sucursal, un dato que revela la naturaleza del cambio.
El patrón se repite en los Andes con otra marca y otro modelo. En Perú, la billetera Yape alcanzó 16.4 millones de usuarios activos mensuales hacia el primer trimestre del año, según Credicorp, el grupo que la controla, y más de tres millones de personas desembolsaron por esa vía un préstamo, de las cuales cerca de un tercio obtuvo su primer crédito en el sistema financiero formal.
No se trata de casos sueltos, sino de una corriente con escala regional. Mientras el resto del mundo registró en 2024 una caída del 13% en la inversión hacia el sector fintech, en América Latina el financiamiento de capital hacia las startups financieras creció 86%, de acuerdo con un informe de BCG y QED Investors.
El gran salto
Detrás de todo hay una transformación estructural, quizá la más importante de la última década en la región, el salto histórico en inclusión financiera. Según la Base de Datos Global Findex 2025 del Banco Mundial, el estudio de referencia en la materia, el 70% de los adultos latinoamericanos tenía acceso a una cuenta en 2024, frente al 54% de 2017 y apenas el 39% de 2011, de modo que en trece años la región casi duplicó su tasa de bancarización.
El uso de cuentas de dinero móvil trepó del 22% en 2021 al 37% en 2024, el ahorro formal pasó del 18% al 29% en el mismo lapso, y el 59% de los adultos realizó o recibió un pago digital durante el último año, siempre según el organismo, que atribuye buena parte del avance a las cuentas abiertas desde el teléfono por parte de quienes nunca habían pisado un banco.
El confinamiento aceleró el proceso hasta volverlo irreversible, y entre 2020 y 2023 más de 100 millones de latinoamericanos accedieron por primera vez a servicios financieros digitales, de acuerdo con Mastercard. Lejos de retroceder cuando pasó la emergencia sanitaria, la curva se afianzó y siguió trepando.
A ese impulso se sumó un motor que ningún otro mercado emergente tiene con semejante peso, las remesas. México recibió en 2024 un récord de 64,745 millones de dólares, con el 99% de los envíos por transferencia electrónica y una remesa promedio de 393 dólares, según el Banco de México.
Para las economías del norte de Centroamérica la dependencia es mayor todavía, en Nicaragua y Honduras esos envíos superan la cuarta parte del producto interno bruto. El giro que antes se cobraba en efectivo en una ventanilla hoy aterriza en una cuenta o en una billetera, y muy a menudo inaugura la primera relación bancaria de quien lo recibe, de manera que la migración terminó financiando, sin proponérselo, la bancarización de las familias que dejó atrás.
República Dominicana ofrece la medida del cambio en una economía atravesada por esos envíos. La proporción de adultos con una cuenta financiera o móvil trepó del 51% al 65% entre 2021 y 2024, y el 53% ya paga por medios electrónicos, según la Superintendencia de Bancos. El Banco Central dominicano agrega que las cuentas de pago electrónico crecieron 31.3% durante el primer trimestre de 2026, mientras los usuarios de banca por internet pasaron de 831 a 887 por cada mil habitantes.
En este sentido, el teléfono móvil y el acceso a internet operan como el gran ecualizador de este proceso. La región alberga a unos 450 millones de usuarios de telefonía móvil, de los cuales casi el 80% se conecta a internet desde el propio aparato, una proporción que trepará al 87%, según Mordor Intelligence.
Comprar y producir
La transformación no se limita a cómo se invierte o se ahorra, también alcanzó a cómo se consume. El comercio electrónico creció a un ritmo del 21% anual en la región, empujado por la digitalización, por el ecosistema fintech y por la mayor confianza del consumidor en las plataformas, según el comparativo de eCommerce en América Latina 2025 de Baker Tilly LATAM.
Mercado Libre, la mayor plataforma de comercio electrónico regional, registró un crecimiento del 19% en compradores únicos y del 29% en artículos vendidos, su mejor salto desde 2021, de acuerdo con Americas Market Intelligence.
El proceso de decisión de compra también se movió, el 44% de los jóvenes latinoamericanos inicia su búsqueda de productos en línea, el 40% recurre a motores de búsqueda y el 30% explora redes sociales antes de comprar, según NielsenIQ. Un 35% todavía visita la tienda física, aunque la integra dentro de una experiencia que empieza en la pantalla.
Junto al consumo digital asomó algo más novedoso, la generación de ingresos digitales. El mercado de plataformas freelance de la región, esos mercados digitales que conectan a quienes necesitan resolver un trabajo con profesionales independientes que ofrecen sus servicios por proyecto, por hora o por contrato temporal, movió más de 523 millones de dólares en 2023, con una proyección de crecimiento anual del 17.8% hasta 2030, como refiere la Fundación Impulso LATAM.
La Organización Internacional del Trabajo documenta, en esa misma línea, que la mitad de quienes trabajan en esas plataformas empezó a hacerlo durante la pandemia, cuando conseguir una fuente adicional de ingresos se volvió urgente.
Para buena parte de la nueva clase media, entonces, el teléfono ya no es sólo la herramienta con la que consume, es también aquella con la que produce, vende, invierte y ordena su vida financiera.
El otro lado
El retrato tiene sombras, y son profundas. El costo de vida sigue encabezando las preocupaciones, según una encuesta de Deloitte, y las razones más citadas para no invertir son la falta de ahorro suficiente, con 65%, y el desconocimiento sobre inversiones, con 56%, de acuerdo con el CFA Institute.
La brecha de género resiste a la ola digital, y en varios de nuestros mercados se ensancha. Centroamérica concentra las distancias más severas entre hombres y mujeres con cuenta, veinte puntos porcentuales en El Salvador, diecinueve en Honduras y doce en Guatemala, mientras Colombia encabeza el rezago sudamericano con trece, de acuerdo con el Banco Mundial.
Valeria, mujer y bancarizada, está del lado corto de una divisoria que todavía deja fuera a millones de sus pares, y ninguna aplicación resuelve por sí sola esa asimetría.
A la desigualdad de género se suma la territorial, incluso donde la bancarización está madura. Chile promedia 3,187 cuentas vista y tarjetas de prepago por cada mil habitantes, aunque la Región Metropolitana llega a 4,686 y el resto del país apenas a 2,101, de acuerdo con el Informe Anual de Estadísticas Regionales de la Comisión para el Mercado Financiero. El acceso digital creció, pero no lo hizo parejo.
El crédito digital abrió otra puerta, y con ella otro riesgo. La misma facilidad que permite pedir un préstamo desde el celular en dos minutos, la que llevó a Yape a otorgar el primer crédito formal a cientos de miles de peruanos, alimenta el sobreendeudamiento de usuarios jóvenes sin historial ni colchón para absorber un tropiezo.
La educación financiera, mientras tanto, avanza bastante más lento que la oferta de productos, y buena parte de esta generación aprende a endeudarse antes que a evaluar una tasa.
En el terreno laboral, la OIT advierte que los nuevos empleos ofrecen mayor flexibilidad pero no siempre seguridad social, sin protección ante la enfermedad ni red de contención frente a la inestabilidad. Hacia 2050, los mayores de cincuenta años rondarán el 40% de la población latinoamericana, según Kantar, y el reto será construir pensiones y protección social para quienes generan ingresos de múltiples fuentes digitales y carecen de un empleador formal.
La pregunta que se hacen analistas e inversores de la región es si las instituciones, la regulación y los sistemas de protección social podrán acompañar el ritmo de una clase media que evoluciona más rápido que ellos.
Valeria, de vuelta en Guadalajara, ya busca en qué fondo cotizado mover el ahorro del mes próximo. No espera que ninguna institución le explique cómo funciona el mercado, lo aprendió en YouTube, lo practica en su aplicación y lo discute en un grupo de Telegram con otras diez personas de su generación que hacen exactamente lo mismo. El cambio ya ocurrió.
