La reversión del Efecto Flynn ya se tradujo en una caída de hasta siete puntos de coeficiente intelectual entre generaciones y América Latina, con su propio rezago educativo, no puede seguir mirando hacia otro lado.

La imagen que muchos tendrán ante la pregunta de si la humanidad se está volviendo más tonta es la de una caída repentina en los tests que miden la inteligencia, un día en que comienzan a arrojar resultados catastróficos. No obstante, esa escena no existe: la realidad es mucho más sutil y, precisamente por eso, este fenómeno es mucho más difícil de detectar y prevenir a tiempo.

Hoy, la reversión del Efecto Flynn, una tendencia global, ya no es una hipótesis, con pérdidas de hasta siete puntos de coeficiente intelectual entre generaciones y un proceso de declive con un impacto especialmente fuerte en América Latina, donde la región arrastra además su propio rezago educativo. Por eso no es posible seguir mirando hacia otro lado: lo que está en juego no es solo un dato estadístico, sino el futuro del talento responsable de sostener la región durante las próximas décadas.

Una creencia tranquilizadora

Durante casi cien años la humanidad ha vivido instalada en una certeza tranquilizadora: cada generación es más inteligente que la anterior, algo que resultaba especialmente reconfortante en las poblaciones de un nivel socioeconómico más bajo. Y no era solo una intuición optimista, era un dato medible y contrastable.

Desde principios del siglo XX, las puntuaciones medias obtenidas en las pruebas de coeficiente intelectual aumentaron en numerosos países, a un ritmo aproximado de dos o tres puntos por década. Este fenómeno se conoce como Efecto Flynn, en honor al investigador James Flynn, quien documentó el incremento de las puntuaciones de CI entre generaciones y puso de manifiesto hasta qué punto los resultados de las pruebas de inteligencia pueden verse influidos por el entorno en el que se crece.

En otras palabras, puso en cuestión la idea de que las capacidades cognitivas humanas sean completamente inmutables: la inteligencia no es únicamente el resultado de la herencia genética, sino que también puede verse moldeada y potenciada por el entorno social, educativo y cultural.

No obstante, un día esa tendencia se rompió, y la pregunta es: ¿Somos cada vez más tontos?

La ruptura de una tendencia

A mediados de los años 90, en las oficinas de reclutamiento militar de Noruega y Dinamarca, países en los que se realizaban tests de inteligencia estandarizados a miles de jóvenes cada año, los oficiales empezaron a notar algo completamente inesperado en las gráficas. Muchos pensaron que era un error estadístico, otros que quizás fuera un fallo en la corrección de las pruebas, pero el “error” estaba ahí, y seguía año tras año.

Hasta que en 2018, un estudio de los investigadores noruegos Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg, publicado en la revista científica PNAS, analizó los test de aptitud cognitiva realizados durante el servicio militar a más de 730.000 hombres noruegos nacidos entre 1962 y 1991. La conclusión fue contundente: las puntuaciones dejaron de crecer en las generaciones nacidas a partir de mediados de los setenta y, desde entonces, han ido cayendo de forma sostenida, con una pérdida estimada de hasta siete puntos por generación. Tendencias similares se han documentado desde entonces en muchos otros países europeos.

Este fenómeno no es exclusivo de Europa. En 2023, un estudio de la Universidad de Northwestern, publicado en la revista Intelligence, analizó los resultados de cerca de 400.000 estadounidenses evaluados entre 2006 y 2018 a través de un test cognitivo online. El hallazgo: caídas moderadas pero persistentes en razonamiento lógico-abstracto, series numéricas y razonamiento verbal, mientras que la única habilidad que mejoró fue la rotación espacial de figuras en tres dimensiones.

Las buenas y malas noticias

Investigaciones posteriores han traído una noticia tranquilizadora y otra que lo es bastante menos. La tranquilizadora: no hay evidencia de una degradación genética de la especie. El cerebro de un niño que nace hoy es, en términos biológicos, idéntico al de uno nacido en 1970. La incómoda: si el “hardware” no ha cambiado, el problema es ambiental. Y lo ambiental, a diferencia de lo genético, es un terreno que admite corrección.

Dicho de otro modo: la humanidad no se está volviendo más tonta por naturaleza; está construyendo, de forma activa, un ecosistema que atrofia en lugar de potenciar. Y ahí, precisamente, está también la mejor noticia de todo este diagnóstico: si el entorno es la causa, el entorno también puede ser la solución. Pero exige el coraje de corregir hábitos normalizados durante años, tanto en la esfera personal como en las organizaciones.

Sin embargo, antes de ceder al catastrofismo y a la búsqueda de culpables que ponen en riesgo el futuro del talento de la región, conviene hacer una distinción crucial. Si se define la inteligencia únicamente como la capacidad de resolver los test diseñados hace más de un siglo, la respuesta es sí: los datos bajan. Pero observado con perspectiva, el fenómeno se parece menos a una involución y más a una adaptación.

Los cuatro sospechosos habituales

Nadie ha identificado todavía una causa única, no obstante, la investigación realizada en este ámbito converge en cuatro frentes.

El primero es el sistema educativo. Durante décadas, la educación formal entrenó exactamente las habilidades que después medían los tests de inteligencia: razonamiento abstracto, lógica, lectura profunda, concentración sostenida. Hoy, en cambio, buena parte del sistema ha decidido que memorizar ya no tiene sentido “porque está en Google” y ha saltado directo a las competencias.

El problema es que sin datos almacenados en la memoria, es decir, sin cultura general, no hay pensamiento crítico posible. No se pueden conectar puntos si no hay puntos en la cabeza. Externalizar la memoria no libera espacio: vacía los cimientos sobre los que se construye el razonamiento.

El segundo sospechoso es biológico. Hoy se sabe que el intestino funciona como un segundo cerebro, y numerosos estudios asocian las dietas basadas en ultraprocesados con inflamación crónica del sistema nervioso, con efecto directo sobre memoria, atención y aprendizaje. La razón es que estos alimentos alteran la microbiota intestinal, reduciendo la producción de neurotransmisores clave como la serotonina. El cerebro infantil es extraordinariamente sensible a este factor, y cuando falla, ni la mejor tecnología ni la mejor educación logran compensarlo del todo.

El tercero es ambiental, en el sentido más literal. El plomo, presente todavía en tuberías antiguas y en partículas suspendidas en grandes ciudades, sustituye al calcio en las conexiones neuronales y ralentiza la transmisión de información. Y lo que durante años se consideró solo un problema respiratorio, la contaminación del aire, resulta ser también un problema cognitivo: las partículas finas son capaces de cruzar la barrera hematoencefálica, el muro que debería proteger al cerebro de toxinas externas, generando neuroinflamación crónica.

Y el cuarto, el más evidente, es la tecnología. Investigaciones de la Universidad de Michigan muestran que el multitasking puede reducir la eficiencia y la capacidad de retención hasta en un 40%. El problema de las pantallas, entonces, no es solo cuánto tiempo se les dedica, sino que fragmentan la atención de forma estructural. Y si Google liberó a las personas de la necesidad de memorizar, la inteligencia artificial generativa amenaza con liberarlas también de la necesidad de pensar. ¿Para qué estructurar un razonamiento si un prompt lo resuelve en tres segundos? El riesgo no es que la máquina piense en lugar de las personas; el riesgo es que las personas dejen de ejercitarse para hacerlo.

De forma aislada, ninguna de estas señales parece decisiva, y juntas, empiezan a parecerse demasiado a la explicación correcta…

El fenómeno aterriza en América Latina

A su turno, vale decir que en América Latina la fotografía es todavía más severa, aunque el ángulo del problema sea distinto. Según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo, alrededor de tres de cada cuatro estudiantes no alcanzan el nivel básico de competencia en matemáticas, y más de la mitad no logra comprender un texto sencillo, de acuerdo con los resultados de las pruebas PISA.

De hecho, la pandemia agravó profundamente el problema: la región acumuló, en promedio, algunos de los cierres escolares más prolongados del planeta, con pérdidas estimadas en algunos países hasta de un año y medio de aprendizaje. Y la desigualdad amplifica el golpe: entre los estudiantes más pobres, el 88% no alcanza el nivel básico en matemáticas, frente al 55% entre los de mayores recursos.

El mensaje para quienes lideran empresas en la región es tan simple como incómodo: el talento que hoy se está formando en las aulas latinoamericanas es el que en cinco o diez años deberá ocupar los puestos de análisis, ingeniería, diseño y toma de decisiones dentro de las organizaciones.

De modo que, invertir en educación, en formación interna y en programas que fortalezcan el pensamiento crítico de los futuros empleados ya no es filantropía corporativa: es la condición mínima para que la inversión en tecnología, tarde o temprano, tenga quién la sepa aprovechar.

¿Y si se espera a que pase el temporal?

Llegados a este punto, conviene desmontar una idea muy extendida entre los líderes empresariales: casi nadie cree que este declive esté afectando ya a su propia plantilla, a su propio sector o incluso, a su propio país y no es porque falten señales, sino porque el día a día de cualquier organización parece estar diseñado, precisamente, para no dejar espacio a mirarlas.

Entre cerrar el trimestre, cuando hay que apagar el incendio de turno y preparar la siguiente reunión, nadie se detiene a preguntar si el nivel de razonamiento con el que hoy se resuelven los problemas es el mismo que hace diez años. Los procesos siguen funcionando, los resultados siguen llegando, y esa aparente normalidad es la que impide ver que algo, por debajo, se está erosionando poco a poco.

El problema no anuncia su llegada con una caída brusca de productividad, se cuela en las pequeñas cosas: reuniones cada vez más largas para llegar a conclusiones cada vez más simples, informes que hay que explicar dos veces, decisiones que se posponen porque nadie termina de conectar todos los puntos. Nada de eso enciende una alarma por sí solo, y precisamente por eso, nadie cree que le esté pasando a su empresa hasta que de repente se recibe un golpe de realidad.

La buena noticia es que, igual que ese declive se cuela sin hacer ruido, también se puede frenar sin necesidad de una reestructuración radical. Basta con dejar de operar en piloto automático: auditar con qué frecuencia los equipos discuten en profundidad un problema en lugar de resolverlo con el primer atajo disponible.

Asimismo, es preciso medir cuánto tiempo real dedica la organización a pensar en cómo va a reaccionar y proteger, aunque sea artificialmente, los espacios donde antes ocurría el razonamiento que hoy se ha ido perdiendo entre reuniones y notificaciones. Ninguna empresa va a recuperar ese terreno por casualidad, solo lo hará la que decida, de forma consciente, dejar de mirar hacia otro lado.

(*) La autora es una de las voces más influyentes del mundo en tecnología, liderazgo y tendencias de futuro. Doctora en Sociología, asesora a la Comisión Europea y a la OCDE en inteligencia artificial y transformación cultural. Ha sido distinguida durante tres años consecutivos como una de las diez profesionales más influyentes de España y recibió el Premio Nacional de Management por su labor divulgativa en IA.