América Latina avanzó rápido, aunque de forma despareja, en el acceso a servicios financieros; transformar esa puerta de entrada en un puente firme hacia el crecimiento con equidad es el verdadero examen de la región.

En la última década, América Latina ha logrado avances importantes en inclusión financiera, aunque de manera desigual. La tenencia del porcentaje de adultos con una cuenta en banco, institución financiera o proveedor de dinero móvil en la región pasó del 39% en 2011 al 54% en 2017 y a cerca del 70% en 2024, según la base de datos Global Findex 2025 del Banco Mundial; el dinero móvil, en paralelo, saltó del 22% al 37% entre 2021 y 2024. La expansión de cuentas digitales, pagos electrónicos, transferencias gubernamentales y billeteras digitales ha permitido que millones de personas se integren al circuito formal. Sin embargo, el verdadero reto apenas comienza: no basta con abrir cuentas, lo relevante es transformar ese acceso inicial en crédito sostenible que impulse micronegocios y mejore el nivel socioeconómico de las familias.

Pero la tarea es compleja en una región marcada por ciclos económicos volátiles, porque las poblaciones de menores ingresos y las micro y pequeñas empresas suelen ser las más afectadas durante los procesos recesivos. Cuando los bancos expanden rápidamente el crédito hacia sectores históricamente desatendidos, los incumplimientos aumentan y se disparan los índices de morosidad. A esto se suman obstáculos estructurales como la informalidad laboral, la falta de educación financiera, instituciones débiles y bajos ingresos. Además, muchos hogares y empresas —que aún están fuera del sector financiero— carecen de activos que puedan usar como garantía, lo que limita su acceso al financiamiento. En conjunto, estos factores restringen tanto la demanda como la oferta de servicios financieros.

Un buen indicador para medir la profundidad financiera es la relación entre el crédito disponible para el sector privado y el producto interno bruto. En este terreno, América Latina muestra un rezago marcado frente a otros mercados emergentes: el crédito al sector privado apenas supera el 50% del PIB regional, frente a niveles entre 150% y 200% en Asia Oriental y entre 85% y 90% en la Unión Europea. Superar esa distancia tendría efectos directos en el desarrollo y la equidad: mayor crecimiento económico, más resiliencia frente a la volatilidad y sociedades con oportunidades más balanceadas.

Por lo tanto, la banca de desarrollo juega un papel clave en este proceso, porque a través de esquemas de garantías y mecanismos de apoyo puede reducir el riesgo para las instituciones financieras y facilitar el crédito a quienes han quedado al margen. Más que discutir si los bancos “quieren” o “no quieren” prestar, el desafío es aprovechar la tecnología, los pagos digitales, los datos transaccionales y las experiencias exitosas de otros mercados emergentes para ampliar el acceso sostenible al crédito y promover un crecimiento más sólido y equitativo en América Latina.

Lecciones de India: claves para acelerar la inclusión financiera regional

“La experiencia de India muestra que la inclusión financiera masiva es posible cuando se combina innovación tecnológica, identidad digital y voluntad política”, señala Cynthia Cohen Freue, experta en gestión de riesgos y socia-directora en Credit Insights Advisory. “Para América Latina, donde persisten brechas de acceso y retos estructurales, este modelo ofrece aprendizajes valiosos: simplificar los requisitos de apertura de cuentas, aprovechar la penetración móvil y utilizar la infraestructura financiera para canalizar políticas públicas de manera más transparente y eficiente”, agrega. Adaptar estas prácticas al contexto regional aceleraría la integración económica, convirtiendo la inclusión financiera en un motor de desarrollo con equidad.

Con este contexto, India es uno de los casos más emblemáticos de inclusión financiera masiva para tener en cuenta. Durante décadas, millones de personas —especialmente en zonas rurales y de bajos ingresos— quedaron fuera del sistema financiero por falta de documentos, distancia a sucursales y altos costos. “Todo cambió en 2014, cuando el gobierno lanzó el programa Pradhan Mantri Jan Dhan Yojana (PMJDY), cuyo objetivo era que cada familia tuviera al menos una cuenta bancaria”, explica la experta. “Se simplificaron requisitos, se eliminaron costos mínimos y se desplegaron campañas masivas de bancarización”, agrega.

En este sentido, Cohen Freue añade que “el modelo se apoyó en una arquitectura que considera cuentas bancarias, identidad digital biométrica y telefonía móvil. Esto otorgó una identidad digital única a más de mil millones de personas, mientras que la expansión de teléfonos móviles y el sistema de pagos instantáneos (UPI, por sus siglas en inglés) transformaron la manera de enviar dinero y realizar pagos cotidianos”, dice. “Pero el gran punto de inflexión llegó cuando el gobierno comenzó a usar esta infraestructura para canalizar subsidios, pensiones y salarios públicos directamente en cuentas vinculadas a la identidad digital”, agregó. Esto generó incentivos concretos para que millones de personas utilizaran el sistema financiero.

“Aunque hubo desafíos —conectividad, educación financiera, privacidad y ciberseguridad—, el impacto fue transformador: desde 2014 se han abierto más de 500 millones de cuentas bancarias, y UPI convirtió a India en uno de los mercados de pagos digitales más grandes del mundo”, explica Cohen Freue. “La combinación de identidad digital, pagos instantáneos y bancarización masiva redujo la dependencia del efectivo, formalizó parte de la economía y fortaleció el ecosistema fintech del país”, concluyó.

Tecnología y datos: motores de la próxima etapa de transformación

Si bien el caso de India muestra cómo la identidad digital y los pagos instantáneos pueden transformar la inclusión financiera, en América Latina el camino hacia la próxima etapa se perfila distinto, a lo que Cohen Freue plantea: “la clave no será únicamente abrir cuentas bancarias, sino aprovechar la enorme cantidad de datos digitales que millones de personas ya generan en su vida cotidiana”. Estos registros —pagos móviles, transferencias, ventas en plataformas digitales— ofrecen una oportunidad inédita para construir modelos de crédito más inclusivos y conectados con la realidad económica de la región.

En la misma línea, subraya que “el futuro de la inclusión financiera en América Latina estará marcado por el uso de datos alternativos, más allá del historial crediticio o el empleo formal”. Millones de personas generan huellas digitales de su actividad económica —pagos móviles, transferencias, ventas en marketplaces, recargas telefónicas y servicios digitales—, aunque permanezcan fuera del sector financiero por falta de documentación. “Este nuevo enfoque abre la puerta para integrar a sectores informales que suelen evitar a los bancos tradicionales por costos, falta de información o temor a la formalidad, convirtiéndose en una oportunidad clave para ampliar la inclusión”, agrega.

Sobre esa base, “la inteligencia artificial y los modelos alternativos de scoring permiten transformar esa información en indicadores útiles para evaluar capacidad de pago, estabilidad de ingresos y comportamiento financiero de personas y empresas excluidas del sector financiero”, comenta Cohen Freue. “En Estados Unidos y Europa, fintechs y bancos digitales utilizan datos obtenidos vía open banking para construir perfiles crediticios más dinámicos y precisos. Este tipo de empresas analizan patrones de ingresos, hábitos de gasto y recurrencia de pagos para ofrecer productos adaptados al perfil real de cada usuario”, señaló.

“América Latina ya avanza en esta dirección”, explica Cohen Freue, y agrega que “Brasil es el caso más emblemático con PIX, que aceleró la digitalización de pagos y permitió que millones de personas y pequeños comercios ingresaran al sistema formal”. Por su parte, “México, Colombia, Chile y Perú también impulsan esquemas de open finance, mediante interoperabilidad y billeteras digitales que podrían ampliar significativamente la inclusión financiera a futuro”, comenta la experta. A medida que más pagos y actividades se digitalicen, se generará un volumen mayor de información valiosa para modelos crediticios más inclusivos y eficientes. “El reto será equilibrar esta transformación con la protección de datos, la ciberseguridad y una gobernanza adecuada”, concluye.

Contrastes en la región: los que aceleran y los que se rezagan

En la carrera por la inclusión financiera en América Latina se distinguen tres pelotones: los que lideran ampliamente (Brasil y Chile), los que avanzan a un ritmo más pausado (México, Colombia, Panamá y Perú) y los que permanecen rezagados (Argentina, Centroamérica y República Dominicana). La fotografía del crédito al sector privado lo confirma: Chile bordea el 80% del PIB y Brasil el 71%, mientras Colombia, México y Perú se mantienen entre el 35% y 40%, y Argentina apenas alcanza el 11%, según datos del Banco Mundial.

Brasil y Chile se han consolidado como referentes regionales. Brasil, con el sistema PIX, transformó la manera en que millones de personas y pequeños comercios realizan pagos y los integró con rapidez al circuito formal: la plataforma ya supera los 160 millones de usuarios, más del 90% de los adultos del país. Chile, por su parte, destaca por la profundidad de su mercado financiero y la adopción temprana de esquemas de open finance, que afinan la evaluación del riesgo y amplían el acceso a servicios. Ambos países muestran cómo la combinación de innovación tecnológica, regulación flexible y ecosistemas fintech activos puede acelerar la integración económica y marcar el ritmo para el resto de la región.

Por su parte, México, Colombia, Panamá y Perú han dado pasos importantes hacia la digitalización financiera, aunque su avance es más gradual. México y Colombia impulsan billeteras digitales y esquemas de interoperabilidad, si bien la alta informalidad limita la penetración del crédito. Perú desarrolla iniciativas de open finance, todavía con menor escala que los líderes regionales. Panamá, con una banca sólida y dolarizada, se posiciona como plaza financiera regional, aunque su ecosistema fintech avanza con menos dinamismo. En conjunto, estos países muestran progresos relevantes, pero todavía enfrentan barreras estructurales que frenan una inclusión masiva.

En contraste, algunos permanecen claramente rezagados. Argentina, pese al dinamismo de sus fintechs, enfrenta una inestabilidad macroeconómica que limita la expansión de la inclusión financiera y desalienta la confianza en el sistema. En Centroamérica y República Dominicana, la dependencia de las remesas y la falta de infraestructura digital robusta han dejado amplios sectores fuera del acceso formal, con bajos niveles de bancarización y escasa penetración de pagos digitales. Estos casos reflejan vulnerabilidades estructurales que, de no atenderse, podrían ensanchar las distancias regionales.

La región avanza a velocidades dispares, y ahí está el riesgo: que el pulso de los líderes no arrastre al resto. El desafío de fondo no es sumar cuentas, sino que ese acceso madure en crédito sostenible, el único que lo traduce en bienestar real y no en una promesa a medias.

(*) El autor es especialista en calificaciones crediticias y sector financiero en América Latina. Ex Managing Director y líder del sector de instituciones financieras en la región en S&P Global Ratings por 18 años. Asimismo, es conferencista internacional en foros especializados exponiendo tendencias económicas y crediticias. En su día a día, busca aportar visión estratégica a diferentes Consejos de Administración.

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