La gran conversación de este siglo quizá no sea cuánto podrá prolongarse la vida humana, sino qué haremos con los años que la ciencia y el desarrollo han conseguido añadir. En este texto, analizamos los pormenores de una vida longeva.
Durante buena parte del último siglo, vivir más fue una de las expresiones más claras del progreso. Los avances científicos, mejores medicamentos, mayor capacidad de diagnóstico y una cultura creciente de prevención permitieron que millones de personas alcanzaran edades que antes eran excepcionales. Hoy esa conquista comienza a plantear una pregunta que trasciende a la medicina y entra de lleno en la economía: ¿qué ocurre cuando sociedades diseñadas para vidas más cortas comienzan a tener generaciones capaces de vivir 90, 95 o incluso 100 años?
Las proyecciones de Naciones Unidas confirman una transformación demográfica mundial marcada por vidas más largas y familias más pequeñas. En México, el cambio será particularmente acelerado: de acuerdo con la OCDE, en 2024 había aproximadamente 14 personas mayores de 65 años por cada 100 personas de entre 20 y 64; para 2054 esa relación podría superar las 31. Detrás de esa estadística se encuentra una modificación profunda de la estructura económica que alcanzará pensiones, empleo, seguros, los sistemas de salud, el ahorro y el patrimonio de millones de familias.
La larga vida es una extraordinaria conquista humana, pero tiene una factura. Durante décadas se construyó un contrato social relativamente predecible en el que una persona estudiaba, trabajaba durante 30 o 40 años y posteriormente financiaba un periodo comparativamente breve de retiro. Cuando esa última etapa puede extenderse durante veinte, veinticinco o treinta años, la aritmética cambia, porque cada año ganado requiere también vivienda, alimentación, servicios, atención médica y, cuando disminuye la autonomía, medicamentos, rehabilitación o cuidados especializados.
Las preguntas incómodas
La pregunta sobre quién financiará esos años adicionales admite una respuesta incómoda: probablemente todos. Los individuos necesitarán construir un patrimonio capaz de acompañar una vida más extensa; las familias enfrentarán periodos de cuidado más prolongados; las empresas deberán revisar la manera en que entienden retiro, salud y productividad; las aseguradoras tendrán que calcular riesgos distintos, y los gobiernos enfrentarán una presión creciente sobre pensiones, servicios médicos y mecanismos de protección social.
México representa un caso particularmente relevante porque todavía conserva una población relativamente joven frente a otros países de la OCDE, pero envejecerá con rapidez. La propia OCDE advierte sobre la velocidad de este cambio demográfico y los desafíos que supone para el sistema pensionario. A ello se suma una realidad laboral caracterizada por elevados niveles de informalidad, que limita la cobertura y vuelve todavía más compleja la construcción de un retiro financieramente suficiente.
Esta nueva realidad obligará también a reconsiderar una institución que durante generaciones pareció inamovible: la jubilación. En una sociedad de larga vida, cumplir 65 años no necesariamente tendrá que significar abandonar la actividad productiva. Un profesional que conserve salud, capacidad intelectual y experiencia podría reducir sus jornadas, participar en consejos, asesorar empresas, emprender o transmitir conocimientos adquiridos durante décadas. Desaprovechar ese capital únicamente porque alguien alcanzó determinada edad resultará cada vez menos lógico en economías que necesitarán sostener a una población mayor y, al mismo tiempo, encontrar nuevas fuentes de productividad.
Sin embargo, la duración de la vida representa solamente una parte de la ecuación, porque existe una diferencia económica enorme entre cumplir 90 años conservando autonomía y alcanzar la misma edad dependiendo de otras personas para realizar las actividades cotidianas. En este sentido, la Organización Mundial de la Salud ha colocado precisamente la capacidad funcional en el centro del envejecimiento saludable: no se trata únicamente de la ausencia de enfermedad, sino de conservar las capacidades físicas y mentales que permiten continuar haciendo aquello que una persona considera valioso.
Esta distinción convierte a la salud en un activo económico de largo plazo. Diabetes, hipertensión, obesidad, enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo y pérdida de masa muscular tienen consecuencias clínicas conocidas, pero en una población que vive más también representan costos capaces de acumularse durante décadas. Invertir tempranamente en prevención adquiere entonces una dimensión que rebasa el consultorio: preservar la capacidad funcional significa también proteger independencia, productividad y patrimonio.
Para las empresas, por su parte, esta relación entre salud y permanencia productiva será cada vez más relevante. Una fuerza laboral de mayor edad puede concentrar experiencia, relaciones y conocimiento institucional difíciles de sustituir, mientras que las enfermedades crónicas mal controladas pueden traducirse en ausentismo, incapacidad y mayores costos. Bajo esta lógica, los programas de prevención y detección oportuna dejan de ser solamente prestaciones asociadas al bienestar para convertirse en decisiones empresariales cuyo rendimiento puede medirse también en productividad.
La paradoja para las aseguradoras
A su turno, las aseguradoras enfrentarán una paradoja semejante. Durante buena parte del siglo XX, uno de los riesgos fundamentales consistía en morir demasiado pronto; ahora aparece otro que exige modelos financieros diferentes: sobrevivir mucho más de lo previsto y necesitar recursos suficientes para sostener esos años. Los seguros de cuidados prolongados, nuevos instrumentos de ahorro y los modelos capaces de incorporar indicadores de salud tendrán previsiblemente un papel creciente en una sociedad donde la supervivencia puede extenderse varias décadas después de la edad tradicional de retiro.
Alrededor de este cambio está surgiendo, además, un mercado considerable. La biotecnología, la inteligencia artificial aplicada al diagnóstico, los biomarcadores, el monitoreo continuo, las terapias metabólicas, la nutrición personalizada, la robótica asistencial y los servicios de atención domiciliaria forman parte de una industria que crecerá conforme las sociedades busquen no solamente extender la vida, sino conservar durante ella la autonomía.
La oportunidad es indudable, aunque también exige prudencia. El deseo humano de vivir más puede convertirse fácilmente en un mercado de promesas que avance con mayor velocidad que la evidencia científica. La investigación sobre los mecanismos del envejecimiento ha progresado de manera importante y trabajos como The Hallmarks of Aging contribuyeron a establecer un marco para comprender distintos procesos biológicos asociados con el paso del tiempo; sin embargo, ninguna innovación sustituye los fundamentos que durante décadas han demostrado proteger la salud: prevención, diagnóstico oportuno, actividad física, nutrición adecuada y control de los principales factores de riesgo.
Por lo tanto, para México, la oportunidad consiste precisamente en anticiparse. Esperar a que el envejecimiento se manifieste únicamente como un problema de pensiones, gasto médico o dependencia significaría administrar las consecuencias en lugar de preparar las soluciones. Una sociedad que vivirá más necesitará nuevos seguros, mejores mecanismos de ahorro, vivienda adaptada, servicios domiciliarios, tecnología médica, prevención y esquemas laborales capaces de aprovechar durante más años la experiencia de las personas. En ese espacio existe un mercado importante, pero también una política pública y una responsabilidad empresarial que apenas comienzan a dimensionarse.
La gran conversación de este siglo quizá no sea, entonces, cuánto podrá prolongarse la vida humana, sino qué haremos con los años que la ciencia y el desarrollo han conseguido añadir. Vivir más puede significar conocer otra generación de la familia, desarrollar una segunda profesión, emprender nuevamente o disponer de más tiempo para disfrutar aquello que tomó décadas construir; pero ese privilegio dependerá, en buena medida, de haber protegido dos patrimonios que con demasiada frecuencia se administran por separado: la salud y los recursos económicos.
El verdadero dividendo de una larga vida no estará en sumar años al calendario, sino en conservar durante ellos salud, autonomía y patrimonio. El desafío para México será conseguir que una de las mayores conquistas del progreso no termine convirtiéndose, por falta de previsión, en una deuda colectiva.
(*) El autor es especialista en longevidad, medicina preventiva y manejo del dolor, con más de tres décadas de experiencia entre Estados Unidos y México. Impulsa un modelo de salud binacional enfocado en prevención, bienestar integral y calidad de vida.
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