A más de siete meses de distancia, el panorama mundial luce mucho más complejo de lo previsto. De México hasta Chile, la región resiente el golpe de una inflación más alta y crédito más caro de lo esperado.

Si a finales de 2025 le hubiéramos preguntado a los expertos cómo se perfilaba 2026, la respuesta habría sido casi unánime: un año visto con optimismo, aunque con cautela. Se anticipaba un crecimiento estable a nivel global, tasas de interés en descenso con expectativas de continuidad, inflación en retroceso y un sector empresarial enfrentando menores presiones en su capacidad de pago.

A más de siete meses de distancia, el panorama mundial luce mucho más complejo de lo previsto. Una guerra activa entre Estados Unidos e Irán, un bloqueo parcial del Estrecho de Ormuz -por donde transita buena parte del petróleo del mundo-, bancos centrales que en lugar de bajar tasas evalúan volver a subirlas, y una apuesta multimillonaria en inteligencia artificial cuyo verdadero alcance nadie había calculado con precisión, son los principales puntos de esa complejidad. 

Pero América Latina tampoco se salvó: de México hasta Chile, la región resiente el golpe de una inflación más alta y crédito más caro de lo esperado. Según S&P Global Ratings, la economía latinoamericana se desacelera y crecerá apenas 1.8% este año, frente al 2.3% de 2025 y por debajo de las expectativas iniciales para este año de más del 2%.

Entonces, ¿cuál fue el punto ciego? La realidad es que muchas asumieron que la geopolítica en Medio Oriente seguiría siendo ruido de fondo. Hoy, ese factor se ha convertido en el eje que redefine las perspectivas hacia 2027.

Lo que la mayoría daba por hecho

El optimismo de finales de 2025 descansaba en tres supuestos: una economía global firme, con empleo sólido e inflación cediendo poco a poco; el dinero más barato, porque los bancos centrales seguirían recortando tasas; y un boom de inteligencia artificial que impulsaría el crecimiento -principalmente en Estados Unidos-, pese a las advertencias sobre una posible burbuja.

Como referencia, en diciembre S&P Global Ratings proyectaba que las empresas de alto riesgo -aquellas con calificaciones en el rango más débil del grado especulativo-, reducirían sus incumplimientos de deuda en Estados Unidos a menos de 4% para septiembre de 2026, y en Europa por debajo de 3.25%. Al mismo tiempo, las tensiones comerciales parecían encaminarse hacia una resolución. Washington había anunciado de manera definitiva los nuevos aranceles aplicables a todos los países con los que comercia, y los mercados financieros reaccionaron en forma positiva: el nivel de los aranceles resultó menor al que se anticipaba, lo que reforzó la narrativa de estabilidad.

En ese contexto, la guerra en Ucrania y la tensión en Medio Oriente se mencionaban apenas como telón de fondo, sin alterar las proyecciones centrales. Muy pocos contemplaban un choque directo entre Washington y Teherán, con el cierre de una de las rutas energéticas más estratégicas del planeta. Ese fue el punto ciego compartido por casi toda la industria del pronóstico.

La realidad tenía otros planes

Lo que parecía un año de calma relativa pronto mostró su fragilidad.

La guerra entre Estados Unidos e Irán y el cierre parcial del Estrecho de Ormuz desataron una cadena de efectos que nadie había previsto en sus modelos. La inflación dejó de ser un asunto limitado a la energía: el repunte del petróleo se filtró hacia fertilizantes, insumos industriales y, con retraso, a los alimentos. El golpe fue más duro de lo esperado en países como India, Vietnam, Nigeria y Filipinas, donde los costos básicos se dispararon.

Los bancos centrales también cambiaron de guion. Lo que a inicios de año parecía un ciclo de recortes de tasas se transformó en un debate sobre nuevas alzas, impulsado por el temor de que la inflación energética se instalara de manera permanente.

El panorama de incumplimientos corporativos se deterioró con rapidez. S&P anticipaba, para Europa, que la tasa de incumplimiento de empresas bajaría a 3.25%. Para junio, la agencia calificadora ya situaba el caso base en un rango de 3.75% a 4.00% tanto en Estados Unidos como en Europa, con un escenario pesimista de hasta 5% si el conflicto se prolongaba.

Al mismo tiempo, los rendimientos de los bonos soberanos subieron a niveles que no se veían en cuatro años, reflejo de la presión inflacionaria y de la preocupación fiscal por niveles de endeudamiento elevados. 

La otra apuesta que nadie dimensionó bien: la IA

La promesa de la inteligencia artificial se convirtió en el nuevo vértice de riesgo financiero. A finales de 2025 ya se hablaba del riesgo de invertir demasiado en tecnología. Seis meses después, el tamaño real de esa apuesta es mucho más claro: los gigantes que construyen la infraestructura de la IA -Google, Amazon, Meta, Microsoft, Oracle y Nvidia-, pidieron prestado 218 mil millones de dólares en bonos en la primera mitad de 2026, diez veces lo del mismo periodo de 2025 y ya el doble de todo 2025 completo.

Esa ola de deuda no ha encarecido aún el crédito general. Pero que el crecimiento de Estados Unidos dependa cada vez más de un puñado de tecnológicas es una fragilidad que casi nadie tenía bien medida hace siete meses. Y dentro del sector hay grietas: cerca de un tercio de la deuda de software que vence antes de 2028 tiene hoy, una calidad crediticia muy débil.

Para América Latina, esta apuesta también trae riesgos. La región se monta en la cadena de suministro de la IA como consumidora y adaptadora -en logística, retail y servicios financieros-, pero depende de infraestructura importada. Esa dependencia la hace vulnerable a shocks externos, y la concentración del crecimiento en pocas tecnológicas globales puede transmitir volatilidad a los mercados emergentes. Además, la brecha de adopción entre grandes corporativos y PyMEs amenaza con ampliar desigualdades de productividad dentro de la región.

El comercio: de la tregua a la incertidumbre permanente

A finales de 2025 se hablaba de aranceles manejables y tensiones comerciales en proceso de relajarse. La realidad de 2026 resultó mucho más movediza. La Corte Suprema de Estados Unidos limitó el poder presidencial para imponer aranceles de emergencia, obligando a rediseñar esas herramientas. Y en julio, en la revisión formal del T‑MEC, los tres países -Estados Unidos, México y Canadá-, no lograron acordar la extensión automática por 16 años: entraron en un esquema de revisiones anuales para la próxima década. El tratado sigue vigente, pero cada año habrá que renegociar, en vez de contar con un horizonte estable.

Esto pesa particularmente sobre México, que hoy mantiene acceso libre de arancel para cerca de 85% de sus exportaciones y una tasa promedio de apenas 3.6% hacia Estados Unidos, de las más bajas entre sus competidores. Esa ventaja ya no está garantizada: depende de lo que se negocie año con año. La exposición también alcanza a Centroamérica y República Dominicana, donde más del 40% de las exportaciones dependen del mercado estadounidense.

En contraste, los países de Sudamérica, tienen un menor grado de integración con Estados Unidos y diversifican más hacia Europa y Asia. Eso los hace menos expuestos a la volatilidad de Washington, aunque también limita su acceso preferencial al mercado más grande del mundo.

El frente comercial, lejos de resolverse, se convirtió en un terreno incierto.

Un riesgo del que casi nadie hablaba: el clima

A finales de 2025, los pronósticos casi no mencionaban el clima como un factor de riesgo para el crédito. Sin embargo, para junio de 2026 el panorama cambió: se anticipaba un fenómeno de El Niño fuerte, con sequías en el sur de Asia, Centroamérica y el sur de África, e inundaciones en el norte de Sudamérica.

El impacto se amplificó con otros eventos extremos. Europa enfrentó olas de calor históricas y una temporada de incendios que devastó miles de hectáreas en España y Francia. En América Latina, la sequía golpeó a México y Centroamérica, afectando cultivos básicos y disponibilidad de agua, mientras inundaciones en Perú y Ecuador desplazaron a miles de personas. En la Patagonia y la Amazonía, los incendios forestales se intensificaron, y el retroceso de los glaciares andinos amenaza el suministro de agua para millones.

Combinados con la escasez de fertilizantes que dejó la guerra, estos fenómenos suman presión sobre los alimentos y sobre economías con poco margen fiscal. Lo que parecía un riesgo marginal se convirtió en un factor sistémico en 2026.

América Latina: ganadores y perdedores

La región no tiene vínculos comerciales grandes con Medio Oriente, pero sí siente el rebote: energía y fertilizantes más caros elevan la inflación, obligando a mantener tasas altas por más tiempo y limitando el crédito.

El mapa interno se volvió más disparejo de lo anticipado, y las acciones recientes de S&P Global Ratings lo reflejan. Argentina sorprendió en junio con una mejora de calificación, gracias a disciplina fiscal, acumulación de reservas y mayor acceso al financiamiento, lo que redujo su vulnerabilidad externa. En contraste, Colombia fue rebajada, arrastrando a empresas estatales y privadas, cuyas calificaciones crediticias estaban a su mismo nivel.

En este sentido, México enfrenta la combinación más incómoda: perspectiva negativa en mayo y la incertidumbre de la revisión anual del T‑MEC. Junto con Brasil, lidia con un mercado laboral tan ajustado que dificulta bajar la inflación sin frenar el crecimiento. Chile, Perú y Colombia —en proceso de desapalancamiento— tienen algo más de margen, y Brasil sería el primero en bajar tasas este año. Como colchón, la banca regional entró bien capitalizada y con liquidez sana.

Centroamérica y República Dominicana comparten otra vulnerabilidad: dependen de combustibles importados, turismo y remesas desde EE.UU. Costa Rica mejoró su calificación en 2025, mientras RD mantiene estabilidad con crecimiento proyectado de 4.5% a 5%.

El patrón es claro: no fue un golpe parejo, sino una prueba de resistencia que separó a los países con espacio para maniobrar de los que llegaron sin margen.

¿Y 2027?: la pregunta que nadie se está haciendo (todavía)

El año 2026 ha sido marcado por presiones que dejaron los choques inesperados. El conflicto energético obligó a gobiernos y empresas a replantear reservas de insumos críticos, con más dinero inmovilizado y precios altos por más tiempo. Los bancos centrales prolongarán tasas elevadas, encareciendo el refinanciamiento justo cuando muchas compañías enfrentan vencimientos. La apuesta en inteligencia artificial añade incertidumbre y el comercio sigue moviéndose bajo los pies de gobiernos y empresas.

La lección es clara: los pronósticos reflejan lo que se sabe en el momento, no lo que vendrá. De cara a 2027, la pregunta no es si habrá aciertos o errores, sino qué supuestos invisibles sostienen hoy tu portafolio, tu presupuesto o tu estrategia.

(*) El autor es especialista en calificaciones crediticias y sector financiero en América Latina. Ex Managing Director y líder del sector de instituciones financieras en la región en S&P Global Ratings por 18 años. Asimismo, es conferencista internacional en foros especializados exponiendo tendencias económicas y crediticias. En su día a día, busca aportar visión estratégica a diferentes Consejos de Administración. Contacto.